lunes, 6 de julio de 2015

Frente a la prima de riesgo y los jeques: el regreso a la sensatez del agua fresca de un botijo /Jota.E/

  • Archivo del Blog (2015–2026):  Retomamos este texto escrito durante la crisis del euro en 2015. Lo reeditamos hoy en 2026 porque la metáfora del botijo y nuestra sumisión al poder sigue siendo una bofetada de realidad necesaria.

  • Hace casi tres años que tengo abandonado este blog. A decir verdad, no debí dejarlo nunca, porque me gusta escribir y porque creo que sé expresarme en este medio... pero la vida y las circunstancias me hicieron creer lo contrario.
    Hoy, 6 de julio de 2015, tras despertar con un calor infernal y con las noticias de Europa sobre el Oxi de Grecia, el anuncio de la dimisión del ministro de finanzas Yanis Varoufakis, la subida de la prima de riesgo, la bajada de las bolsas y la fuga en masa de capital extranjero y nacional... tras todo esto, solo me he acordado del humilde botijo. 
    Yo nací hace medio siglo en un pueblo de la Mancha de cuyo nombre no quiero olvidarme. Nací en una humilde familia de trabajadores y no he tenido en la vida grandes lujos ni grandes ambiciones, nada más que mi gente estuviese sana y pudiese salir adelante. Ahora eso lo veo cada vez peor. Siempre he presumido de ser una persona humilde, trabajadora, que se conforma con poco, solidaria... Hoy quisiera ser millonaria, rica, poderosa; quisiera ser una diosa que curase todos los males de la tierra. Pero soy, nada más, como un botijo. Hecho de barro, que guarda el agua fresca en verano, que no necesita enchufarse a ninguna corriente eléctrica ni requiere ser llevado a una planta de reciclaje cuando se rompe.
    Somos barro. Somos el botijo. La vida nos da constantemente la oportunidad para que aprendamos a ser humildes, pero nosotros, los humanos, queremos más: queremos el universo, la buena vida, queremos que nos den mucho sin corresponder. Nos han enseñado un mundo detrás del espejo, como el de Alicia, pero no es real. Nosotros, los humanos de aquí abajo, no tenemos derecho a relacionarnos con los grandes políticos, con los jugadores de fútbol, con los jeques o con los artistas. Somos tan absurdos que los ponemos donde están: compramos sus canciones, vamos a sus partidos, llevamos las marcas que nos imponen, gastamos su tecnología, pagamos sus sueldos y, además, soportamos sus corrupciones. Alabamos sus decisiones y tomamos partido por unos o por otros, cuando en el fondo todos son lo mismo y su única meta es el PODER.
    Hoy precisamente, con la ola de calor que estamos aguantando, me acuerdo de mi infancia, de mis abuelos trabajadores del campo, de mis padres, de los chapuzones en el barreño en el patio de mi casa, de las meriendas de pan con tomate y del agua fresca del botijo. Algo dentro de mí quiere volver a aquella vida. Tal vez entonces podamos tomar decisiones más acertadas y no tropezar tantas veces con la misma piedra.
    Si alguien sigue aquí, gracias por esperarme.

    «El cántaro tiene una virtud que no tiene el vaso de cristal: que el agua que contiene se parece a la tierra».
    Miguel de Unamuno, escritor y filósofo español.

    sábado, 1 de diciembre de 2012

    No me toquéis los…Twinkies… / Jota.E/


    Nota histórica de 2026: Este artículo fue escrito originalmente en 2018, en plena resaca de la crisis y el cierre de la mítica fábrica de Hostess. Lo recuperamos hoy porque el fenómeno de fetichizar la comida basura y convertir cualquier absurdo en viral no ha hecho más que empeorar.
    Cuéntale lo del Bizcochito, ¿Qué pasa con el Bizcochito¿
    Últimamente paso un poco de los informativos; lo cierto es que entre la crisis, la independencia, los políticos imputados, los desahucios y el tiempo, la cosa no está como para tirar cohetes. Pero hoy me ha llamado la atención una noticia de esas de «relleno» con las que nos entretienen los domingos o los días de puente, cuando nunca pasa nada relevante más que el tráfico, la playa o la nieve. La televisión en esos días muertos es un espectáculo curioso.
    La cuestión es que decían en la noticia que en internet se están vendiendo los famosos Twinkies como objetos de coleccionista. Muchos os preguntaréis: «¿Qué es un Twinkie?». Pues no es un jarrón Ming, ni un cuadro de Picasso, ni siquiera una joya de Carmen Lomana; es un simple bizcochito. Sí, como leéis. Un pastelito que en España, gracias a Bimbo pudimos conocer como «bucanero» o «Boni».
    Los Twinkies están elaborados con una masa esponjosa rellena de crema, miden aproximadamente 12 por 3,75 centímetros y se distribuyen en paquetes de tres. En los Estados Unidos, este pastelito es entendido como el paradigma de la comida basura: cada uno contiene unas 145 calorías. Se ha convertido en todo un referente para millones de personas, no solo allí sino en el resto del mundo, ya que nos da por copiar todo lo que viene de Norteamérica. El despido de más de 500 trabajadores llevó al resto a la huelga, lo que provocó que la empresa —existente desde 1930— pusiese en venta todos sus activos y dejase de operar temporalmente. Ante la idea de que no se fabricarían más, muchos estadounidenses se lanzaron a vaciar las estanterías en busca de las últimas existencias.
    Dicen las leyendas urbanas que un Twinkie es indestructible y sigue comestible después de cien años; si entierras uno hoy, dentro de un siglo el arqueólogo que lo encuentre se lo podrá comer para merendar. El pastelillo en cuestión fue inventado y horneado el 6 de abril de 1930 por el panadero James Dewar, quien intentaba crear un dulce de galletas con salsa de fresas. Al principio se usaba relleno de plátano, pero fue reemplazado por crema de vainilla debido a las restricciones de ingredientes durante la Segunda Guerra Mundial. Algunas personas, como Christopher Sell, reinventaron su versión llevándola al extremo con el fried Twinkie (el pastelito frito). Claro que a nosotros, los de Toledo, no se nos puede comparar este bizcocho industrial con el delicioso «enchufe» que en otros sitios llaman «pepito de crema». ¡Mmmm! No hay color, no señor.
    Sea como fuere, su consumo se ha extendido por el globo. En España, como ya sabemos, fueron los llamados Bucaneros (con su versión de chocolate y crema de avellana). En México se denominan Tuinky y compiten con los Submarinos (que se parecen más a un torpedo que a un submarino). En Chile se les conoce como Rayita y su mascota es una cebra (claro, de ahí lo de rayita, que ya estabais pensando en otra cosa). En Venezuela también se llaman Twinkies, a pesar de que su difunto presidente de entonces decía que todo lo de EE. UU. era del demonio (por su aspecto, diría que los comía habitualmente).
    En el cine y la televisión los hemos visto frecuentemente. Hacen referencia a ellos en Los Simpson, y creo haber visto a Dean Winchester (interpretado por Jensen Ackles) en la serie Supernatural engullendo unos cuantos, o a Carl Winslow (al que daba vida Reginald VelJohnson) de Cosas de Casa llevándose para llenar la despensa ,como premonición de lo que pasaría después. Los que tengáis buena memoria recordaréis que en la película Zombieland, el protagonista interpretado por Woody Harrelson se pasa medio filme matando zombis mientras busca desesperadamente el último Twinkie sobre la faz de la tierra. Mi escena favorita, no obstante, está en Cazafantasmas, con la mítica frase: «Cuéntale lo del bizcochito».
    Me imagino a las cajeras de los supermercados horas después de que el fabricante echase el cierre, con la gente atestando las tiendas para llenar carros enteros con paquetes del esponjoso pastelito, exactamente igual que si estuviese llegando el Apocalipsis. Parte de aquellos espabilados se metió en portales de subastas como eBay para especular con su acopio entre coleccionistas, caprichosos y demás aburridos de la red. Y es que hay quien compra arte en Christie's para legarlo a sus descendientes... pero ¿Qué mejor herencia que un pequeño y reseco Twinkie? Como bien dijo el torero: «Hay gente pa' tó».

    miércoles, 31 de octubre de 2012

    El error histórico que cometes cada vez que dices que Halloween es una 'americanada / Jota.E/


    Archivo del Blog: Publicado originalmente en 2018. Lo rescatamos y reeditamos en 2026 porque, un año más, la desinformación de los telediarios y el consumismo desmedido nos obligan a recordar de dónde vienen realmente nuestras tradiciones.

    Todas las tardes de esta semana, sin faltar una sola, ha sonado el timbre de la puerta. Al abrir, un grupo de niños me ha soltado aquello de: «¡¿Truco o trato?!». Les digo amablemente que aún no es la noche de Halloween y me responden: «¡Sí, ha empezado ya!». Hablan como si la fiesta fuese uno de esos macropuentes acueductos que empiezan un martes y terminan el lunes siguiente, o la semana blanca, o la famosa fiesta del «Piojo».
    Y oye, que yo soy la primera que celebra esta festividad desde hace años: pongo velas, coloco calabazas y doy a los chiquillos caramelos y dulces. Pero de ahí a que empiecen una semana antes... como que no. Por ahí no paso.
    Cuando yo era pequeña, la noche de ánimas o de difuntos era una jornada tétrica. Mi madre ponía un montón de lamparillas en una jofaina de aceite y dos velas grandes frente al retrato de mi tío. No había calabazas, ni dulces, ni disfraces, ni nada. Por eso la corriente general dice que esta fiesta la hemos importado de los EE. UU., pero no es cierto.
    Los antiguos pueblos celtas, al llegar el final de octubre, solían celebrar una gran fiesta para conmemorar el final de la cosecha. La festividad era conocida como Samhain, una palabra gaélica que significa «el final del verano» (como la canción del Dúo Dinámico). Este momento representaba la época del año en la que los celtas almacenaban provisiones para el invierno y sacrificaban animales. Era el tiempo del fin de las cosechas; a partir de entonces, los días iban a ser más cortos y las noches más largas (curioso que ahora nos cambien la hora para hacer exactamente lo mismo que hacían ellos).
    Los celtas creían que en la noche de Samhain los espíritus de los muertos volvían a visitar el mundo de los mortales. Encendían grandes hogueras para ahuyentar a los malos espíritus, comían y bebían: era su gran fiesta de bienvenida al Año Nuevo. Los druidas se vestían esa noche con cuernos y cabezas de animales, disfrazados de espíritus y brujas. Recogían ofrendas de todos los habitantes de la comarca.
    Algunos historiadores no se ponen de acuerdo en este punto: cuentan que si los sacerdotes no quedaban conformes con los obsequios recibidos, les espetaban la famosa frase «Trick or Treat» y le quemaban la casa a la familia en cuestión, se llevaban a la hija virgen, mataban su ganado o los maldecían con enfermedades. Personalmente, creo que toda esta parte es una invención posterior de la Iglesia católica. Aunque sí tengo que admitir que los ritos serían crueles y sangrientos; que no satánicos, porque no olvidemos que el infierno y Satanás solo existen en algunas religiones.
    Estos sacerdotes llevaban consigo un nabo hueco con una cara grabada en la parte frontal que representaba a un espíritu o a un dios. El nabo se iluminaba con una vela en su interior y se usaba como linterna. Cuando esta práctica llegó a América, los nabos no abundaban, pero sí tenían un vegetal nativo que pronto lo sustituyó: la calabaza (menos mal, porque hacer pastel de nabo ya sería la leche).
    Estos rituales también incluían, al parecer, algún que otro sacrificio humano. En esta mágica noche se abría la puerta del más allá, y los vivos y los muertos tenían la oportunidad de comunicarse.
    Tras la romanización de los pueblos celtas —con alguna excepción como el caso de Irlanda—, y a pesar de que la religión de los druidas llegó a desaparecer, el primitivo Samhain logró sobrevivir conservando gran parte de su espíritu y de sus ritos. Así pues, la tradición fue recogida y se extendió por los pueblos de la Europa medieval, en especial los de origen céltico. Ellos tradicionalmente ahuecaban nabos e introducían carbón ardiente para iluminar el camino de regreso al mundo de los vivos a sus familiares más queridos, dándoles la bienvenida a la vez que se protegían de los malos espíritus. El ejemplo claro de esta tradición lo tenemos en el folclore de Galicia con la Santa Compaña.
    Con el auge del catolicismo, la fiesta pagana se cristianizó después como el Día de Todos los Santos (All Hallows' Eve), de ahí su expresión actual: Halloween.
    A mediados del siglo XVIII, los emigrantes irlandeses empezaron a llegar a Norteamérica. Con ellos viajaron su cultura, su folclore, sus tradiciones y también su noche de Samhain. Eso sí, con algunos cambios: estos europeos comenzaron a utilizar calabazas, mucho más grandes y fáciles de ahuecar que los consabidos nabos. En un primer momento, la fiesta sufrió una fuerte represión por parte de las autoridades de Nueva Inglaterra, de arraigada tradición luterana. Pero a finales del siglo XIX, los Estados Unidos recibieron una nueva oleada de inmigrantes de origen céltico. La fiesta irlandesa entonces se mezcló con otras creencias locales y, en la secuela colonial, se comenzaron a contar historias de fantasmas, a realizar travesuras, bromas o bailes tradicionales. La gente empezó a confeccionar disfraces para la ocasión.
    En resumen, esta fiesta se desvela como una noche bañada por un aura mágica, misteriosa y aterradora. Personajes terroríficos y hechizados, brujas, fantasmas, duendes y gatos negros salen de sus cuentos y leyendas para mezclarse entre los mortales. Nosotros nos preparamos con disfraces, bromas, pelucas, pinturas y películas de terror para recibirlos, aunque sin perder el ambiente de fiesta y buen humor.
    Hoy en día, Halloween carece ya de sentido religioso alguno y, como tantas otras fechas (Navidad, Semana Santa, San Valentín, etc.), forma parte de nuestra sociedad y cultura consumista. Es una fiesta ancestral reconvertida para la sociedad actual del ocio; nada tiene que ver ya con los rituales de los druidas ni con los pueblos celtas que dominaron la mayor parte del oeste y centro de Europa durante el primer milenio a.C.
    Precisamente por ello no deberíamos olvidar su verdadero origen. Sobre todo por los que piensan que es una moda importada de los Estados Unidos (algo que he escuchado veinte veces hoy en los informativos, dicho supuestamente por periodistas de carrera). Hay que aclarar que se equivocan: precisamente fueron ellos los que mantuvieron viva esta vieja tradición europea que todavía en países como Irlanda se sigue celebrando cada año como la noche de Samhain, y que poco a poco vuelve a sus orígenes con más fuerza (bueno, sin sacrificios humanos y esas cosas).
    Hoy, Halloween es una fiesta internacional de la que no podemos ignorar su origen... ni mandar a los niños a la calle una semana antes porque «empieza ya la fiesta». Así que mañana me espera una larga tarde soportando los ladridos de Theodora y Zeus cada vez que suene el timbre de la puerta y me espeten aquello de: «¡¿Truco o trato?!».
    ¡Feliz Samhain!

    «En Samhain, el círculo del año llega a su radio final en la rueda. La cosecha ha terminado, el dios moribundo ha sido sepultado y la gente se prepara para que el velo entre los mundos se desvanezca; los ancestros vendrán de visita...»
    Tess Whitehurst, autora y conferenciante sobre tradiciones naturales.

    domingo, 14 de octubre de 2012

    El diario de Gul Makai: reflexiones sobre Malala y el valor de la escuela- /Jota . E/

    Nota de Archivo Histórico (Octubre de 2012)
    Este artículo fue escrito y publicado en caliente, a raíz del atentado talibán contra la niña pakistaní Malala Yousafzai en octubre de 2012. La pieza utiliza los extractos reales del diario que la propia Malala escribió en enero de 2009 para estampar un doloroso espejo frente a la comodidad y las pequeñas frivolidades del primer mundo, reivindicando la educación como el mayor tesoro de la libertad humana. Se conserva con su estructura original y su profunda emoción sincera.


    Como puede una niña de tan solo once años, percibir la prohibición de sus dirigentes de asistir a la escuela???
    Como puede afectar a su vida diaria,??? Entiende siquiera las razones, que llevan a los revolucionarios a destruir escuelas y a cerrarlas para que las pequeñas no vayan a clase ni reciban ningún tipo de educación???

    Podemos preguntar a alguno de nuestros hijos a ver que nos responden, pero mientras tanto, estas preguntas y muchas otras, las respondía la pequeña Malala, en un blog, en 2009, la joven tiroteada en Pakistán, lucha ahora por aferrarse a la vida. Por que unos “insurgentes” decidieron que era por ley, matarla, para que dejase de preguntarse cosas, para que dejase de pensar, en definitiva para seguir con la política de terror con la que se rigen, amparándose en leyes de “dios” totalmente manipuladas a su conveniencia y necesidad y aprovechándose de esa ignorancia que mantiene al pueblo con la cabeza gacha, como un esclavo si poder decidir por si mismo.
    Es duro, pensar que en 2012, aún existen países que se acogen o interpretan “a su manera” la ley “Sharía” o Ley Islámica.

    Si leyésemos un blog o una página de Facebook, de algunas de nuestras hijas, con la edad de Malala, seguramente nos encontraríamos con la preocupación del chico de la cuarta fila, que la a mirado de reojo, de que no se puede comprar la última falda de moda en “Desigual” por que cuesta 80 euros, o por que su madre le a clausurado el móvil por venir una excesiva factura.
    palabras y hechos que en este lado, en el llamado “primer mundo” nos parecen “normales” para ciertas edades, pero Malala, escribía en su Blog, cosas que ningún ser humando debería sentir nunca y mucho menos si es un niño.

    3 de enero. “Ayer tuve una pesadilla horrible, con helicópteros militares y los talibanes […] Tenía miedo de ir al colegio porque los talibanes, han prohibido a las niñas asistir a clase […] Solo 11 alumnos de 27 fueron al colegio […] De camino a la escuela, oí a alguien decir “te voy a matar”. Aligeré el paso y poco después miré a ver si el hombre aún me seguía. Para mi tranquilidad, estaba hablando por el móvil y quizás se trataba de una amenaza a alguien”.

    Si alguno de nuestros hijos se le ocurre escribir esto, tenemos a un batallón de psicólogos, directores de colegio, trabajadores sociales, miembros del AMPA, Políticos y Periodistas Varios a la puerta de nuestra casa. Para saber que clase de vida le damos a nuestra hija para que escriba una cosa así, amén de los programas “rosa” de las televisiones, todo el día haciendo Spoiler sobre el tema.
    Pero en Pakistán, la cosa es diferente. Y Malala así lo expresaba.

    4 de enero. “Hoy es festivo y me desperté tarde. Oí a mi padre hablar de otros tres cuerpos hallados en Green Chowk […] Hice algunas tareas de casa, mis deberes y jugué con mi hermano. Pero mi corazón latía deprisa, ya que mañana tengo que ir al colegio.”
    5 de enero- “Me estaba preparando para ir al colegio y poniéndome el uniforme cuando me acordé de que el director nos había dicho que no llevásemos uniforme, sino ropa de calle, para venir a la escuela. Así que decidí ponerme mi vestido rosa favorito […] Mi amiga se acercó y me preguntó “Dios mío, dime  la verdad, ¿van a atacar los talibanes nuestra escuela?” […] Por la noche encendí la tele y escuché que habían levantado el toque de queda en Shakardra, después  de 15 días. Me alegró oír eso, ya que nuestra profesora de inglés vivía por allí y así es posible que venga a clase”.

    Que diferencia con nuestros hijos y la alegría que les da no tener un día o dos de clase por que nieva, llueve o hacen huelga los profesores, verdad??? Leyendo esto se me cae el alma a los pies, y a pesar de que todo el mundo se queja de la situación en nuestro país doy gracias a dios por estar aquí, por tener la libertad de expresarme, por haber podido escolarizar a mis hijas, por tener profesores desde los tres años, y guarderías casi desde que nacen, por tener bibliotecas gratuitas, y ludotecas, aunque ahora haya que pagar una cuota, por tener acceso a una educación obligatoria y gratuita.

    9 de enero “Como los viernes no tengo tutorías, estuve jugando toda la tarde. Después encendí la tele y vi. que había habido una explosión en Lahore. Me pregunté: “¿Por qué sigue habiendo estos atentados en Pakistán?

    Que será lo que se preguntan nuestros hijos cuando ven televisión??? Tal vez como se cortará el pelo Justin Bieber??? O que pondrá de moda Lady Gaga??? O cual será el final del Barco, en A3??? Se preguntarán siquiera, como viven, las gentes de otros países, como piensan los niños de su edad, que inquietudes y metas tienen en la vida??? Nos lo preguntamos nosotros mismos??? O solo nos miramos el ombligo, quejándonos de todo, y por todo???.

    14 de enero. “Estaba de mal humor mientras iba a la escuela porque las vacaciones de invierno empiezan mañana. El director anunció las vacaciones, pero no dijo cuándo reabriría la escuela. Es la primera vez que pasa esto […] El director no nos dio la razón por la que no anunciaba la reapertura, pero yo creo que es porque los talibanes han anunciado la prohibición de que las niñas asistamos a clase desde el 15 de enero. Así que esta vez, las niñas no estaban muy contentas con las vacaciones porque saben que quizás no puedan volver a clase […] Espero que la escuela vuelva a abrir algún día, peor mientras me marchaba hacia casa miré el edificio como si no fuese a volver a verlo nunca más”.

    Qué diferencia con las vacaciones de invierno de nuestros hijos, con gran alegría se despiden con fiestas de Navidad, cantan, ríen y se hacen regalos, se engalanan las clases y las mamás llevan sus mejores postres para la fiesta. Luego en enero la vuelta al cole se hace cuesta arriba por los excesos y por que en vacaciones todo es diferente, divertido, y ocioso. Que sería de nuestros hijos, o hijas, que es el caso que nos ocupa si este año en enero, les decimos que no pueden volver a los colegios??? Es para pensar en ello, verdad???

    15 de enero. “La noche estuvo llena del ruido de artillería y me desperté tres veces. Pero como no tenía clase me levanté más tarde, a las diez […] Hoy es 15 de enero, el último día antes de que el edicto talibán entre en vigor, y mi amiga hablaba conmigo de los deberes como si nada extraordinario hubiese pasado. Hoy leí también el diario que he escrito para la BBC y que han publicado en el periódico. A mi madre le gustó mi pseudónimo, Gul Makai, y le dijo a mi padre “¿Por qué no le cambiamos el nombre a Gul Makai?” […] Mi padre me contó que unos días antes alguien había traído el diario diciendo que era genial. Mi padre me dijo que sonrió, pero que no había podido decir que el autor era su hija”.

    No puedo ni imaginar el dolor de esos padres, y la valentía con la que se enfrentan a la vida de cada día , y la de otros muchos padres, y madres, abuelos y tíos, que ven que sus familias son asesinadas, por leyes crueles, de hombres más brutales aún.
    No me puedo imaginar siquiera una vida como la suya, siempre pendiente de que una bomba estalle y se lleve por delante todo aquello que más amas.
    Mi mente, no puede comprender, tales atrocidades, por mucho que quiera pensar en ellas, solo me queda mirar a mis hijas, durmiendo en sus cómodas camitas, con las mantitas de crochet, que les tejió su abuela y lamentar que sean demasiado grandes, para que su madre les lea un cuento de buenas noches… Otros niños y niñas no tienen esa opción, por que sus padres ni siquiera saben leer, y los que saben el ruido de la metralla no les deja escuchar ni dormir.

    No se si sois religiosos o no, pero ruego a cualquiera de los dioses en los que creen las gentes de este planeta por la salud de Malala, un ejemplo a seguir por millones de personas en este mundo.




    lunes, 1 de octubre de 2012

    «Pudimos aprender de los maestros que teníamos en casa: reflexiones sobre la crisis y el espejo de nuestros padres» Jota Esquivias 2012


    Nota de Archivo Histórico (1 de octubre de 2012)
    Este artículo fue publicado originalmente el 1 de octubre de 2012, en el ecuador de una de las crisis económicas más severas de nuestra historia reciente. El texto funciona como una radiografía generacional descarnada y profundamente lúcida, que contrapone la cultura del sacrificio, la honradez y la austeridad de los padres de la posguerra con el espejismo colectivo del derroche, el crédito fácil y la ostentación de los «nuevos ricos». Se presenta en su versión pulida ortográficamente, manteniendo intacta la fuerza, la indignación y la autenticidad de su voz original.
    Antes se jugaba al burro, ahora los burros son otros

    Pudimos aprender de los maestros que teníamos en casa: reflexiones sobre la crisis y el espejo de nuestros padres
    ¿No estamos un poco hartos de esta palabra infernal? Crisis. Vivimos en un estado de crisis continua: en la vida cotidiana, en el hogar, en la situación del país a nivel mundial... Parece que siempre tenemos un carguero arguiliano encima de nuestras cabezas. Pero ¿nos hemos parado a pensar por qué estamos como estamos o, quizás, por qué nos afecta tanto?
    ¿Estamos seguros de ser los españoles a los que más nos afecta sobremanera esta situación? ¿O nos da miedo mirar en retrospectiva y comprobar que, aunque ahora estemos mal, nuestros padres y abuelos lo pasaron peor que nosotros? Esos padres y abuelos que fueron la generación que construyó España de nuevo.
    Hay un aforismo castellano que dice: «¿Quiénes son los pobres? Los nietos de los ricos». Y tiene razón, pero no solo se refiere a la pobreza de tipo material.
    Cuando analizamos lo que está ocurriendo en nuestra sociedad, debemos buscar las causas que han provocado esta situación, porque analizando las causas podemos cambiar los efectos. Aunque aquellos que provocaron las causas ahora no quieran admitirlo y no les gusten los efectos que provocaron con ellas; por el contrario, tratan de provocar nuevas causas, pero con el efecto contrario. O sea, en vez de apoyar y ayudar, tratan de “sacudirse el polvo” y seguir con sus vidas y sus tejemanejes.
    Pero no quiero hablar de indeseables, de los que el único refrán al que hacen caso es: «A río revuelto, ganancia de pescadores». Yo no tengo duda alguna de que uno de los orígenes de la supuesta “prosperidad” que vivió nuestro país hace algunos años fue gracias a la actitud de nuestros padres y abuelos; nada que ver con los gobiernos, por otra parte, todos iguales y todos “a lo suyo”. Y quizás deberíamos pensar si esta “crisis” se debe a que hemos perdido esa actitud.
    Hace algunos años, los empresarios españoles que viajaron a China para hacer negocios se encontraron con que los chinos eran imparables; el ambiente les recordaba a la España de los años 70. Todo el mundo quería trabajar mucho, ahorrar, comprarse una casa, un coche, llevar a sus hijos a la universidad, etc. Quizás es duro decir estas palabras, pero cuando las personas están centradas en eso —es más, cuando una generación piensa así—, no hay quien la pare.
    Ahora podemos mirar a nuestro alrededor y ver cuatro generaciones conviviendo: los bisabuelos, los abuelos, los padres y los hijos. Yo me encuentro en medio, tengo padres e hijos. Nuestros padres (de 65 a 75 años) han sido, como muchos españoles, un ejemplo para nosotros: trabajadores, honrados, austeros, previsores y generosos. Pertenecen a una generación a la que le tocó vivir lo peor; de jóvenes (yo diría de niños) trabajaron para sus padres, luego de adultos lo hicieron para sus hijos y, si me apuras, muchos cobran ahora la pensión para mantener a sus nietos.
    Son personas que vieron en el trabajo su oportunidad para progresar, aprovecharon los cambios políticos para abrirse paso hacia un futuro mejor y se entregaron en cuerpo y alma en condiciones muy difíciles, con precarios sueldos. Ellos compraban las cosas cuando se podía y al nivel que se podía; no trataban de ser como “todos los demás”. Tengo recuerdos de pedir a mis padres tal o cual cosa y decirme: «Este mes no se puede». Todos los niños teníamos nuestra “hucha” y no se despilfarraba en nada.
    Nunca pedían prestado si no era por extrema necesidad, pagaban sus facturas con diligencia y prontitud, y “ahorraban” por si “pasaba algo” (tengo memoria de mi madre acopiando en la despensa: azúcar, arroz, pasta, garbanzos, leche condensada, etc.), siempre con ese temor de que todo se fuese al traste. Gastaban en ropa lo estrictamente necesario, además de que nos arreglaban la ropa del hermano mayor, del primo o del conocido que tenía más posibles y lo dejaba todo “nuevecito”.
    Las vacaciones eran para realizar tareas en casa; si íbamos a alguna parte, era al pantano o al río a disfrutar de la naturaleza con la tortilla de patatas, el filete empanado, embutidos y dulces caseros. O en el patio de las casas, disfrutando en compañía de familiares y amigos de los suculentos platos que mi madre o mi madrina cocinaban (pajaritos fritos, caracoles, cangrejos de río, etc.). Y en la época de matanza, una gran fiesta el día que se le daba “mejor vida” al cerdo en cuestión.
    Fueron personas sensatas, prudentes, trabajadoras; tanto es así que, poco a poco, fueron constituyendo casi todas las empresas que hoy conocemos y que dan trabajo a la mayoría de los españoles. Muchas de ellas pertenecieron al INI, algunas se privatizaron años después y otras desaparecieron o fueron “engullidas” por otras más grandes y con mayor capital.
    Nuestros padres crecieron con la premisa de saber que el esfuerzo tenía recompensa, y la honradez formaba parte del patrimonio de cada familia: «Seremos pobres, pero honrados». La nueva y reciente democracia significaba libertad de posibilidades, de pensamiento; significaba poder vivir en armonía y respeto. Pero cometieron dos errores que, tal vez, nos han llevado a donde estamos:
    1. «No quiero que mi hijo trabaje tanto como trabajé yo». De esa manera nos cargamos la cultura del esfuerzo y del mérito de un plumazo, convirtiendo el trabajo en algo a evitar a ser posible.
    2. «Como tenemos unos ahorrillos, hijo, tú gasta, que para eso tus padres han trabajado toda su vida». Con lo que las generaciones siguientes comenzaron a pensar que el dinero nacía en las cuentas corrientes de sus propios padres, las cuales daban la impresión de ser inagotables ante los ahorros acumulados por años; y que los bancos nos firmarían por siempre jamás una hipoteca para la vivienda habitual, otra para la segunda vivienda y una tercera para la casita del perro.
    Y entonces, ante esa patata caliente, eclosionó una generación de “nuevos ricos”, de “pelotazos” y del gasto continuo y sin control. Especuladores, ingenieros financieros, exhibiciones de «lo quiero todo y lo quiero ya», del «papá, dame», etc. Y todos nos volvimos ricos (en apariencia), todos nos convertimos en unos "gasto-horteras". Entonces dejamos de comer bocatas de chorizo y de panceta porque eso era cosa de “paletos”, y nuestros hijos se engancharon a comer hamburguesas deconstruidas al aroma de aire del Cantábrico.
    Y si a alguien se le ocurre echarle Casera al vino, le queman en la hoguera, porque pasamos del vino de mesa (tipo Don Simón) al Marqués de Cáceres, aunque no tengamos pajolera idea de vinos. Para ser más modernos ahora no lo bebemos, lo “degustamos”, y no podemos decir que está bueno o picado; es más in decir que tiene «matices a troncos del bosque, con un retrogusto a peras en almíbar que tolera un cierto punto astringente, con demasiada presencia de roble». Esto, por supuesto, a golpe de tarjeta Visa Oro, Platino y Diamantes, porque para hacerse el “enterao” antes hay que pasar por taquilla. Y es que bien dice el dicho: «Pocas cosas cuestan tanto como ocultar la ignorancia».
    Pasamos a ser la generación de endeudarse para demostrar “tu estatus”; parece increíble pero lamentablemente es cierto. En Alemania se frotaban las manos viendo cómo no paraban de llegar pedidos de Mercedes, Audis y BMW para los españolitos. De repente irrumpió Europa en nuestras vidas y en nuestros pueblos, y llegó en forma de “mega-infraestructuras” que producían millones en comisiones para todos los “implicados”. Y a poner todo el mundo el “cazo”: alcaldes, presidentes de comunidad (pero no como el señor Cuesta, el de Aquí no hay quien viva), secretarios, delegados, el yerno del Rey, etc. Llovían las subvenciones; Europa daba una fortuna por plantar viñas en una laguna y, a los dos años, te daba otra fortuna por quitarlas de allí (por aquello del ecosistema y eso). Llegó un momento en que el hortelano no sabía si tenía que plantar o arrancar.
    Si a algún “iluminado” se le ocurría decir que había que parar aquello, se le lapidaba con burla y escarnio con la ayuda de los medios de comunicación, metidos en el ajo desde el principio para que no parase la fiesta. Sí, todos decían que esta situación no se podía sostener pero, ¿para qué parar y recapacitar? Que empiecen los recortes con el vecino, que lo nuestro son todo derechos (obligaciones ni una), amparados y esculpidos bajo la sacrosanta Constitución.
    Y aquí estamos: somos incapaces de volver a los valores con los que se construye una sociedad sostenible. Nos hundimos, eso sí, cargados de reivindicaciones.
    En mi familia siempre he tenido un ejemplo vivo de cordura, honradez y esfuerzo, y he tratado de inculcárselo a mis hijas. No hemos sido menos felices por este hecho; al revés, creo que hemos sido bastante más. Porque la sencilla ensaladilla, las deliciosas croquetas de mi madre (hechas con las sobras del nutritivo cocido), la sandía fresquita, el bocata de chorizo, comprar un mueble cuando verdaderamente hacía falta, llevar ropa tejida y cosida con las manos de mi madre, trabajar, echarle ovarios y aprender toda clase de cosas que nos pudiesen servir para mejorar, leer mucho para poder discernir lo que nos está ocurriendo... no debió de ser mala receta.
    Quiero dar las gracias a mis padres, a mis suegros y a toda esa generación que nos regaló un país maravilloso que nos hemos encargado de arruinar entre todos, porque todos hemos aplaudido la locura y llevamos nuestra parte de culpa. Como nos descuidemos un poquito —pero muy poquito más—, a nuestros hijos les vamos a dejar un protectorado chino donde serán unos esclavos endeudados y tendrán unas historias legendarias que contar a sus propios hijos (si pueden permitirse el lujo de tenerlos) sobre la prosperidad que crearon sus abuelos, empeñaron sus padres y son incapaces de imaginar sus nietos.
    Pondría que aún estamos a tiempo de cambiarlo, pero me temo que ya no tenemos ese tiempo. Pudimos aprender de los maestros que teníamos en casa.

    ¿Presunto monstruo o vecino ejemplar? La peligrosa hipocresía frente al asesinato machista /Jota.E/

      Nota de archivo histórico (2015–2026): Este artículo fue escrito en el verano de 2015, en una época en la que los telediarios aún medían ...