sábado, 18 de diciembre de 2010

Un país de mendigos y ladrones , las falsas reformas de la crisis social. Jota Esquivias 2010

Nota de Archivo Histórico (Diciembre de 2010)

Este artículo fue publicado originalmente a las puertas de las Navidades de 2010. Se presenta en su versión editada, manteniendo intacto su valor como crónica de un momento dramático de la historia económica española: el invierno en el que la crisis de 2008 transformó de raíz el perfil de la precariedad y el desempleo masivo comenzó a llamar a las puertas de las familias de clase trabajadora.

España 1919
Verdaderamente no es mi especialidad —si es que tengo alguna— el estudiar esta clase de materias; sin duda tampoco soy de las personas que se plantean la cuestión, pero el hecho es que la cuestión existe y que antes o después hay que tratarla. Alguien ha de empezar y, ya que se está tardando en ello, cuando consideramos que el problema puede empeorar, no sirve de nada cerrar los ojos al ver que el mal se acerca.
Con la proximidad de las fechas navideñas se ha incrementado considerablemente el número de personas que salen a la calle a mendigar. Ya no es el típico ciudadano de origen rumano que se acomodaba estos años atrás a las puertas de los supermercados. Ni es el chico que amablemente nos brinda la revista La Farola en los centros comerciales. Ni los que te venden pañuelos o se ofrecen a limpiarte el parabrisas en los semáforos.
Cada día que pasa viene alguien nuevo a pedir a tu puerta: personas españolas, vecinos sin subsidio por desempleo que no tienen trabajo y tienen una familia que mantener; prejubilados a los que no les llega la asignación a fin de mes; separados que no pueden pasar la pensión a sus hijos porque se les va el sueldo entero en alquiler y comida.
Siempre decimos aquello de “no doy porque se lo gastan en droga o en alcohol”. ¿De verdad pensamos que cuando un ser humano, un trabajador, se rebaja a pedir de puerta en puerta —sabiendo de antemano que en muchas de ellas ni siquiera le van a abrir— lo hace por puro egoísmo? ¿De verdad pensamos que es por no querer trabajar, o porque se lo pasa mejor pidiendo que trabajando? ¿O son solo un montón de excusas que nos ponemos nosotros mismos para acallar nuestras conciencias? ¿Tan ciegos estamos que no vemos que la realidad social de nuestro país es la misma de hace cien años?
El trabajador calla por si le despiden; los sindicatos chupan del frasco del Gobierno —que para más burla se etiqueta de "socialista"—; los medios de comunicación viven del cuento ajeno... y aún dicen que lo peor no ha llegado. Mientras tanto, los gobernantes de todas partes se congelan el sueldo. ¡Faltaría más! Si tu sueldo supera los 3.000 euros al mes, ¿a cuántos de nosotros nos importaría que estuviese congelado? Como si nos lo traen directamente del Polo Norte en el trineo de Papá Noel. ¿Cuántos desocupados cantamañanas están cobrando un sueldo en este país que sale de nuestros impuestos? ¿Cuántos de ellos están preparados para gobernar ni que sea un pequeño pueblo de las Alpujarras?
Esa es nuestra realidad. Todo este desbarajuste político hace de España un país de mendigos. Por algo una de nuestras obras más inmortales es el Lazarillo de Tormes. No me extraña que sea anónimo; cualquiera pudo haberlo escrito en cualquier época de nuestra historia.
Esta paralización del trabajo —esta “huelga” forzosa que sufrimos casi cinco millones de españoles— nos trae como resultado la pérdida de muchos hábitos que, como todas las cosas, tienen que estimularse con el ejercicio diario. Es más, la mezquindad de los salarios y las jornadas excesivas producen en los que aún conservan sus empleos un cierto horror al trabajo, que se acrecienta a medida que contemplan los pocos beneficios que les reporta. Precisamente esta meditación es mayor en épocas de crisis como la que padecemos; los paros forzosos amenazan constantemente en sectores como el transporte, la educación o la sanidad. Esos trabajadores no sienten estímulos de laboriosidad porque están sujetos a fatales consecuencias: saben que cuanto mayor sea la cantidad de sus esfuerzos, menor será la retribución que reciban.
¿Y nuestros hijos, sin empleo y sin educación? Si su inteligencia es grande y su voluntad rebelde, comenzará a germinar en su pecho el instinto de la libertad y huirán de los cánones establecidos que solo los aniquilan como individuos. Si no son rebeldes y se someten a un trabajo precario, llegará un día en que se harten porque la labor a la que se dedican es pesada y repetitiva.
Estas personas, llegadas a la edad adulta y careciendo de las lícitas distracciones que presta el desarrollo intelectual y moral, buscarán en los juegos, en el alcohol y en otras sustancias un descanso y una vía de escape. Como consecuencia de ello, aumentará la vulnerabilidad familiar, la exclusión, los robos y la mendicidad.
Por todo ello, el cuento de las reformas sociales no es más que un compás de espera, una estación en la que se toma un refrigerio que acallará temporalmente las conciencias de los políticos, pero que no aporta soluciones de ningún tipo. Será, simplemente, otra vuelta de tuerca a la sociedad española del siglo XXI.

«¡Me duele España! Nos estamos quedando en un país de mendigos intelectuales y morales, donde la única reforma urgente es la de nuestras propias conciencias»

Miguel de Unamuno

 

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