Nota de Archivo: Este artículo fue escrito originalmente el 8 de marzo de 2018 marcando el cierre de una etapa en este blog. Con motivo del regreso a la actividad de este espacio, el texto ha sido revisado y editado en 2026 para actualizar su formato, manteniendo intacta la vivencia personal, la crítica social y el mensaje hacia las nuevas generaciones con el que fue concebido.
Esta frase del título puede tener distintos significados. Uno de ellos es que el mundo puede ser conquistado por las mujeres y hacerlo propio; otro, que las mujeres tenemos nuestro propio mundo aparte del de los hombres; y el tercero es el título de un libro escrito por Alain Touraine.
Hasta hace pocos años en España (y desgraciadamente en muchos países aún pasa), efectivamente había un “mundo” exclusivamente para mujeres. Un mundo heredado de nuestras madres, abuelas y tatarabuelas; un mundo en el que los hombres no tenían cabida porque, si no, les tacharían de “mariquitas”. Una mujer, por el contrario, si tenía la osadía de jugar, trabajar o divertirse igual que un hombre, se tildaba de “marimacho”.
Creo haber escrito ya en alguna ocasión sobre una canción que se cantaba en mi niñez y juventud, escrita por Emilio Aragón, al que todos tenemos un respeto y un aprecio especial, pero que con esta canción en particular a mí me tocaba un poco la moral:
“Lunes antes de almorzar, una niña fue a jugar, pero no pudo jugar porque tenía que lavar… así lavaba, así así, así lavaba que yo la vi…”
Efectivamente, no solo no podía jugar, sino que no podía hacer otra cosa. Porque el lunes se lavaba, el martes se planchaba, el miércoles se limpiaba la casa, el jueves se horneaba el pan, el viernes se repasaba la ropa, el sábado se iba al mercado y el domingo se asistía a misa…
Y eso es lo que nos enseñaron nuestras madres a muchas mujeres de nuestra generación: hacer de todas las tareas de la casa, de “nuestras labores”, una profesión. Además, como hacía falta dinero en casa, mi madre asimismo iba a “asistir” en alguna casa (esto es, hacer las mismas tareas pero con un pequeño estipendio, sin contrato, ni seguro, ni derechos). Otras veces iba a los huertos a recoger verdura con el mismo sistema: trabajar mucho y cobrar poco. Así crecimos muchas, con el estigma de ser mujer, de no valer para otra cosa que para fregar, limpiar, cocinar y tener hijos…
Muchas de las amigas que conozco no se podrían creer la manía y las lágrimas que me costó a mí coser, hacer crochet, cocinar y muchas de las cosas que ahora amo realizar. Me costaban lágrimas porque era injusto y retorcido. Mientras mis primos, amigos y vecinos se divertían jugando, yo tenía que fregar los cacharros, hacer las camas, barrer el patio, dar de comer a las gallinas, pelar patatas, poner el agua a calentar en la chimenea, blanquear la ropa, tenderla... Y cuando tenía un momento para mí y me ponía a leer, mi madre llegaba, me daba un pescozón, me quitaba lo que estaba leyendo y me ponía a hacer incrustación y bainicas en unas almohadas (que odié tanto que, cuando me casé, las destrocé y las hice trapos para limpiar los cristales). Nunca podía idear nada de lo que yo quería; siempre que contaba mis sueños me eran pisoteados, incluso entre mis amigas más cercanas, pues estaban en la misma situación que yo…
Y me rebelé. Sí, me rebelé pasando de hacer todo aquello que estaba predispuesto sobre mi condición de mujer. Me rebelé incluso con el sacerdote, diciéndole que Dios, en realidad, es una mujer. Cuando estuve a punto de lograr mi sueño, el sino me castigó, o me premió, o lo que fuese; el caso es que estuve en un hospital cuatro largos meses entre la vida y la muerte, y después pasé por una larga rehabilitación de la que aún no me he repuesto (ni lo haré nunca).
Al año siguiente me enamoré y me casé, y comencé a hacer mío todo lo que había aprendido a la fuerza, pero siempre con la idea de que lo hacía porque quería, nunca por obligación. He criado a tres preciosas hijas a las que he tratado de enseñar todo aquello que yo sé, todo lo que he aprendido de la vida, pero sobre todo, a que nunca las pisoteen: ni padres, ni maridos, ni amigos, ni jefes, ni nadie. Que hagan lo que necesiten o quieran en las circunstancias a las que la vida las lleve. Que si deciden, como su madre, tener un matrimonio y una vida junto a un ser amado, el trabajo que realicen sea por placer o por simple supervivencia. Que no pasa nada por no planchar las sábanas ni los trapos de cocina; que los cristales no se caen por mucho que los limpies. Que si necesitan ir de compras, salir con amigos, pasar el día en un museo, ir a la piscina o disfrutar con sus mascotas, que lo hagan. Que sean felices, que estudien lo que quieran y que viajen donde puedan. Que en el trabajo no se dejen manipular ni, por supuesto, acosar… Y, sobre todo, que nadie les tenga que decir lo que deben hacer con su vida; que se respeten a sí mismas y a los demás, y que tengan su propia identidad…
Resumen de "El mundo de las mujeres" de Alain Touraine
A la pregunta «¿Quién eres?», las mujeres de hoy responden sucesivamente: «soy una mujer», «me construyo como mujer» y «mi construcción personal tiene lugar a través de mi sexualidad».
Las mujeres —como demuestra el trabajo de campo del que proviene el análisis, y que contempla los debates más actuales— habitan un universo coherente de representaciones y de prácticas que se muestra profundamente distinto del de los hombres, porque se orienta hacia la creación de sí y a la recomposición de la sociedad. Los hombres, en cambio, conquistaron el mundo concentrando los recursos en manos de unos pocos y reduciendo a trabajadores, colonizados, mujeres y niños a exponentes de la inferioridad.
Con las mujeres, la conquista del mundo pasa a segundo plano, desvaneciéndose a favor de la construcción de sí. Por ello, no sorprende que asuman con tanta claridad y determinación el advenimiento de este universo de carácter cultural que hoy se impone ante nuestros ojos
El mundo de las mujeres recoge las reflexiones del sociólogo francés Alain Touraine sobre la construcción sociológica del sujeto femenino. Después de un exhaustivo trabajo de investigación (más de 60 entrevistas), Touraine sitúa en el centro de su análisis a las mujeres, las nuevas protagonistas del siglo XXI, y desgrana cómo, en la lucha para definirse e ubicarse en el universo masculino, las mujeres han dejado atrás los referentes de los hombres para construirse identidades propias.
Feliz 8 de marzo a todas.
