jueves, 13 de agosto de 2026

¿Presunto monstruo o vecino ejemplar? La peligrosa hipocresía frente al asesinato machista /Jota.E/

 Nota de archivo histórico (2015–2026): Este artículo fue escrito en el verano de 2015, en una época en la que los telediarios aún medían con pinzas cada palabra para no ofender al agresor y la sociedad miraba hacia otro lado. Lo rescatamos en 2026 porque la cobardía institucional y el odio latente siguen exigiendo que no callemos.



Llevo unos días triste, cansada, frustrada, cabreada... Cuando escucho las noticias me dan ganas de vomitar, de chillar, de romper cosas. Que una persona asesine a otra es muy triste; un ladrón al que le sale mal el golpe y acaba muerto a tiros por la policía, un coche que se sale de la calzada y termina atropellando a un grupo de personas, o dos labradores que se pegan un tiro por unas lindes. Son casos de locura, sucesos trágicos, pero la muerte por accidente o riña es lo último. 

Sin embargo, que una persona a la que has querido, con la que has mantenido una relación, con la que has tenido sueños, has besado, reído, cantado e imaginado —con la que has tenido hijos en muchos casos, o con la que has pasado toda tu vida en otros—, que esa persona sea la que te quite la vida, es descorazonador. Pero que además un padre asesine a sus propios hijos tan solo para hacer daño a su expareja me parece diabólico, perverso, infernal. Y si encima intenta suicidarse después, ya no tengo palabras para describirlo; y si lo consigue, simplemente es un cobarde. Aunque en este caso al menos estamos libres de él y sabemos que no lo volverá a intentar ni a conseguir.

 Cuando era pequeña siempre nos decían: «No hables con extraños», cuando faltaban mis padres de casa: «No abras la puerta a nadie», o cuando salías del colegio: «Vente pronto a casa sin pararte», «llámame para que baje a buscarte», «que te acompañe tu padre» y tantas otras precauciones. Y al final resulta que el enemigo está dentro de casa, que duerme a tu lado, que acaricia tu pelo, que besa tu boca, que come la comida que tú preparas y que sale por la puerta saludando a los vecinos como una persona «normal". 

Y resulta que, a vista de muchos, lo que está ocurriendo es culpa nuestra, de las mujeres: porque «ya no se aguanta como antes», porque ahora «enseguida denuncian», o también por lo contrario, por no hacerlo, por dejarles o no dejarles, por divorciarte (como está de moda) o por no divorciarte (porque él te mantiene), por quitar la denuncia (porque te da pena) o por no ponerla en primer lugar (por la misma pena). Por no dejarles ver a sus hijos (cuando vivíais juntos ni les hacían caso) o por dejárselos ver (y los secuestran en el mejor de los casos; en el peor, ya sabemos lo que hacen). Por contar lo que ocurre (a nadie le importa lo que pasa dentro de casa) o por no contarlo, por buscar ayuda o por no hacerlo, por quedarnos en nuestro hogar o por irnos lejos de él... Al final siempre te encuentran.

 Y por último concibes tu vida con el yugo del miedo, con el temor al destino, ese que tantas veces has escuchado: «Te voy a matar». Incluso hay veces que ni eso, no te avisan, te dan el golpe de repente y ya estás muerta; o porque no te matan directamente, sino que te mueres tú sola por dentro. Después salen en la tele y dicen que es gente «normal», «un buen tipo», «un vecino ejemplar», «un gran trabajador». Pero yo pienso que la gente de verdad normal, los buenos vecinos, los compañeros de trabajo y amigos de fiesta no somos asesinos:

 No preparamos cal para deshacernos de un cadáver, no disponemos coartadas para que no nos pillen in fraganti, ni huimos del país cuando desaparece un ser querido. Esos somos los «normales». Los otros, los que cometen un asesinato tras otro, son terroristas escondidos que poco a poco van consumando un genocidio hacia las mujeres, y el Estado ni siquiera está poniendo remedio, y las leyes menos aún. El que asesina no es una persona «normal», ¡es un ASESINO!

Y después de perpetrar su obra, mientras los cuerpos de las mujeres asesinadas están aún calientes —degolladas, calcinadas, acuchilladas, segadas sus vidas, largas o cortas, porque para estos crímenes no hay edad—, mientras ellas son examinadas, exhumadas y profanadas para buscar pruebas en la autopsia, los medios de comunicación están más ocupados en decidir qué palabra utilizar para no ofender... pero no a la víctima, no, la víctima está muerta (una chica muy alegre, una madre de sus hijos, una anciana muy bondadosa). Lo hacen para no agraviar al asesino, al «presunto». Claro que la ley dice que todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario, así que nos llevan días hablando del «presunto», «supuesto», «hipotético» pobre hombre. 

Pero curiosamente esta cuestión solamente se aplica en los medios cuando son ellos los que asesinan. Si una mujer mata al marido, es una asesina desde el primer momento, aunque tenga antecedentes de malos tratos o psiquiátricos (en ese caso, nada de «presunta»); y si mata a un hijo, entonces sin lugar a dudas, y por supuesto no es violencia de género porque entra en otro rango. Así que, ¿soy yo o parece que cuando ellos matan, te mueres menos? 

Y luego las autoridades competentes de los pueblos de las víctimas dicen: «Es una tragedia». A ver, señor edil: tragedia es un tsunami, un accidente de aviación o que vayas por la calle y te caiga una maceta en la cabeza. Eso es un accidente, una desgracia; si te asesinan, es un asesinato, sin paños calientes ni medias tintas: ASESINATO.

Y entonces es cuando comienzas a pensar que esta sociedad nos odia. Hasta muchas mujeres odian a las mujeres; es un odio visceral, antiguo, con solera de siglos, un odio que en realidad, y sin que se quiera reconocer, es miedo: miedo a saber que una mujer puede manejarse sola en la vida, que puede aprender cualquier cosa que se proponga y llegar a cualquier meta que tenga en el horizonte. Porque sí, las mujeres llevamos un gen especial, hemos sido tratadas a lo largo de la historia como «el sexo débil» y no solo hemos sobrevivido, sino que nos hemos superado a nosotras mismas y a muchos de los hombres, y eso tiene mucho valor. Ese odio se escapa en forma de «nosotros también sufrimos», así como sin querer, en vez de reconocer de una vez por todas que esto es una barbarie y se tiene que acabar. Y lo malo es que compartimos nuestras vidas y nos enamoramos de psicópatas machistas enfundados en buenos trajes o en uniformes, particulares o profesionales, con ciertos «valores» impresentables: de esos que te dicen «te amo» y «eres una puta zorra buscona» en la misma frase; de los que si tienen una ex la ponen a caer de un burro, descalificándola y acusándola de maltratadora; de los que te vigilan, te espían y acosan en las redes a ti y a todos tus contactos, incluida tu abuelita y tu ginecólogo. De los que te amenazan con suicidarse si se te ocurre pensar en dejarlos, con un chantaje emocional constante, mientras te lloran y te imploran o mientras maquinan su venganza. De esos que tras dejarles planifican su vida en torno a joderte la tuya, ya sea haciéndote daño físico, en tu trabajo, con tu reputación o con tu entorno. 

Y rizando el rizo, ese mismo desastrado psicópata es padre de tus hijos y sigue teniendo derecho al régimen de visitas, y se los puede llevar donde quiera sin que tú puedas hacer nada por evitarlo. Y no hablemos de las familias: la tuya, si tienes suerte, te apoyará, pero la de él siempre te irá echando la zancadilla por dondequiera que vayas, justificándole en todo momento. Y luego están los jueces que miran a la ciega justicia y obligan a los niños de los maltratadores a estar con ellos, haciendo oídos sordos a las denuncias tan solo porque son los padres y tienen «derechos».

 Ellos y ellas son responsables también del sufrimiento y de las muertes. Y qué hacemos con todo esto? ¿Seguimos viviendo como personas «normales» mirando para otro lado, porque eso es lo que hacen las «buenas» gentes? 

Leí un libro maravilloso, La llave de Sara: en 1942 los nazis se llevan a gran parte de la población francesa de origen judío al Velódromo de Invierno. Es una historia escalofriante de cómo la «gente normal», la «buena gente», «trabajadora», «cristiana», que sabía perfectamente lo que pasaba, callaba, cerraba las ventanas y miraba para otro lado, esperando que a ellos no les salpicase, negando toda clase de relación con los que hasta minutos antes habían sido sus vecinos... Y así estamos. Y cuando estás en el bar hablando con los colegas de lo mal que lo hace Messi o lo que cobra Cristiano Ronaldo, y crees a pies juntillas que estas cosas no van con nosotros, te estás equivocando.

«El opresor no sería tan fuerte si no tuviese centinelas en el propio campo de los oprimidos».

Simone de Beauvoir


¿Presunto monstruo o vecino ejemplar? La peligrosa hipocresía frente al asesinato machista /Jota.E/

  Nota de archivo histórico (2015–2026): Este artículo fue escrito en el verano de 2015, en una época en la que los telediarios aún medían ...