Nota de Archivo Histórico editado en 2026
Este artículo fue publicado originalmente a finales de 2010. Se presenta en su versión editada, conservando la vigencia de su demanda de justicia social. El texto toma como punto de partida el accidente de la mina de San José en Chile (agosto-octubre de 2010) y la huelga general en España de septiembre de ese mismo año, entrelazando la actualidad internacional con una profunda crítica a la corrupción del "Caso Malaya" y al letargo social de la época.
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Lamentablemente, la vida de los trabajadores vale muy poco para tomar medidas que les sirvan de garantía durante su jornada. Y que no se diga que este siniestro ha venido a sorprendernos. Diariamente, y en cualquier parte del mundo, los obreros son víctimas de la codicia de los que manejan el capital, cuyo egoísmo queda implícito junto a la imprevisión de las autoridades. Estos son, y no otros, los verdaderos causantes de estas catástrofes en las que el trabajador es siempre el que más pierde.
En España, lamentablemente, estamos elaborando demasiado en el terreno de la teoría, y por exceso de ideologías padece el trabajador un empacho de doctrina. Estamos desprovistos de iniciativa, faltos de medios en numerosas ocasiones; somos, en resumen, huérfanos de espíritu práctico. Si alguien ha padecido en nuestro país la enfermedad del idealismo, esos hemos sido nosotros. Nos hemos pasado años soñando, sin pensar en más organizaciones gremiales que las previamente establecidas y conocidas por todos.
Pensamos que la huelga, el mitin, la manifestación y los medios de comunicación son los únicos procedimientos de lucha. Creemos que hacer una huelga general una vez cada cuatro años será la panacea que acabará con todos nuestros problemas. Diariamente se escribe sobre grandes ideas, pero muy poco sobre mejoras inmediatas. Los grandes núcleos se organizan fácil y rápidamente para pedir que no se congelen o bajen sus sueldos, pero para conquistar un derecho político o reparar una ofensa a la dignidad de los demás trabajadores se necesita la ayuda de todos.
Nuestra fortaleza no se mina con el procedimiento seguido hasta hoy por los dirigentes de gobierno, consistente en dividir las fuerzas y ofrecernos víctimas propiciatorias con huelgas “al humo” y algaradas contra unos y otros en fiestas de guardar. Para destruir el predominio de los advenedizos, necesitamos persistir en que el trabajador es, al fin y al cabo, el instrumento que mueve la máquina de la sociedad. Necesitamos desarrollar la cooperación, cercenando el poder económico de esa clase social innecesaria, como los implicados del caso Malaya y tantos otros. Tenemos que llenar nuestro cerebro de ideales, de destellos de luz que hagan sucumbir a nuestra actual indiferencia, causa principal de nuestra presente esclavitud.
No la caridad, sino la justicia, ha de resolver el problema social. ¿Qué razón hay para que el trabajo mendigue o reciba de limosna lo que por derecho le corresponde?
«Sustituir la justicia por la caridad es el mayor de los insultos que se pueden hacer a un obrero»— Concepción Arenal
