jueves, 17 de marzo de 2011

Cuando la Tierra se sacude las pulgas: Las profecías y nuestra cómoda ceguera Jota Esquivias 2011

Desde el pasado año y acercándonos a la fecha donde el calendario maya, Malaquías, Nostradamus y hasta el mismísimo libro de las Revelaciones predicen el fin de la historia —o del mundo tal y como lo conocemos—, la humanidad espera un cataclismo mundial. El caso es que siempre esperamos algo, pero nunca nada bueno. Por eso, cuando ocurre una catástrofe natural tan tremenda como la de Japón, los rezos y los lamentos se sienten por dondequiera que estés.
Estas noticias son carnaza para periodistas, televisiones, visionarios y demás fauna a la que, lamentablemente, siempre acudimos para saber algo más. Desde nuestra cómoda posición en el hogar vemos con estupor y asombro las imágenes que nos invaden; buscamos en periódicos y emisoras de radio la última hora de ese desastre que tanto tememos. En Europa ya decidieron llamarlo “crisis apocalíptica”, y los defensores de esta frase, frente a sus detractores, tenían hoy otro tema de conversación para seguir ganando tiempo, ganando votos, ganando sueldo... y perdiendo el tiempo.
Mientras tanto, en el resto del mundo hay millones de personas desplazadas de sus hogares. En Haití, Chile o Japón por culpa de cataclismos naturales; en Egipto, Yemen o Libia debido a las manifestaciones, revueltas y guerrillas. Cada día miles de policías luchan contra el narcotráfico, el proxenetismo, la trata de blancas, el blanqueo de dinero, los malos tratos, las adopciones ilegales, los robos, los asesinatos y un largo etcétera de delitos, a cual más cruel y vejatorio.
Vivimos en un país donde la tasa de paro no deja de escalar. Nuestros jóvenes apenas estudian ni trabajan; muchos no hacen nada bueno porque sienten que no tienen opciones. Ya lo dice el refrán: "los chicos buenos van al cielo y los malos a todas partes". Como quieren ir a todas partes y tienen padres que se lo consienten, así nos va en educación, disciplina y control: ¡un cero zapatero! (Perdón, "patatero", que me equivoqué de oficio).
Nuestros mayores ven con estupor cómo les congelan la mísera paga que reciben después de haber trabajado más de cincuenta años, pues no olvidemos que muchos eran unos críos cuando empezaron. Y lo peor es que, si no sucede ese cataclismo que todos esperan, los desempleados de ahora tendrán que trabajar no solo hasta los 67 años, sino hasta cumplir con la tasa impuesta por el gobierno de 25 años de cotización (y seguidos, sin sábados, domingos ni fiestas de guardar).
Y claro, la vida sigue igual. Nos hacemos eco de todas estas calamidades, nos echamos las manos a la cabeza y le echamos la culpa al de al lado. Si las imágenes no nos gustan, cambiamos de canal (si la TDT funciona, que esa es otra). Lamentamos el hambre que pasan en Haití mientras pegamos un saltito para no tropezar con el mendigo tirado en la acera. Comentamos camino de la peluquería el horror que nos producen las noticias, pero pensando en la barbacoa del sábado, donde llevaremos esa ropa tan “deportiva” y “de marca” que nos compramos en Decathlon (no es propaganda, es una categoría olímpica).
Pasamos de largo sin pararnos a meditar si todo esto ocurre por profecías o porque, simplemente, la Tierra está harta de soportar a tantos parásitos y, cual perro viejo, se está sacudiendo las pulgas.







martes, 8 de marzo de 2011

8 de marzo; un día de gloria y 364 días bajando la tapa del Wáter Jota Esquivias 2011

Forges 1942/2018
Es curioso que en España tengamos una ministra de Igualdad que, a decir verdad, aún no sabemos para qué sirve, si no es para sumar otro sueldo con el que mermar las ya muy sufridas arcas nacionales. Resulta paradójico celebrar el Día de la Mujer pensando, acaso, que nosotras solo tenemos un día al año mientras que el hombre goza de los 364 restantes. En cualquier caso, tener un ministerio de Igualdad sigue sin salirnos a cuenta.
Estadísticamente, las mujeres somos las que más trabajamos dentro y fuera del hogar. Somos las que tenemos a los hijos, cuidamos a los enfermos, limpiamos la casa, hacemos la compra, vamos al banco y acudimos a las reuniones de madres (porque padres van cuatro). Somos las que vestimos, compramos y cuidamos del aseo personal de todos los miembros de la familia; paseamos al perro, sacamos la basura, arreglamos las plantas, zurcimos, cosemos, cocinamos y desatascamos las bañeras. Incluso bajamos la dichosa tapa del WC, una tarea que parece tan difícil y ardua para algunos individuos del sexo opuesto.
En definitiva, ejercemos de todo. Y a cambio, nos dan el 8 de marzo para que ministras, concejalas, alcaldesas y diputadas tengan su día glorioso haciendo el paripé en todos los medios de comunicación. Con esto de la crisis, este año en vez de flores seguro que regalan hojas de aloe vera: además de adornar, tiene multitud de propiedades (mismamente como algunos miembros del gobierno de cuyo nombre no quiero acordarme).
Los de la rosa saldrán a la búsqueda de algún micrófono que les conceda audiencia para explicar lo mucho y bueno que hacen en su ministerio (que igual daba que estuviese como que no). No sé si se acordarán de todas las mujeres fallecidas a manos de sus parejas, de las maltratadas, de las obligadas a ejercer la prostitución, de las acosadas dentro y fuera de sus trabajos, o de todas las que engrosan la ya muy inflada lista del paro. Por el contrario, los de la gaviota se toparán de bruces con esos mismos micrófonos para culpar al gobierno de todo lo anterior, terminando con el clásico pensamiento de "váyase, señor Zapatero" o algo parecido.
Y mientras tanto, en los hogares de este país, las mujeres se levantarán muy temprano, lavarán y peinarán a los niños, y prepararán las "tostás". El día 9 será más de lo mismo. Y así seguiremos, hasta que Dios crea necesario destruir al hombre y dejar que la mujer herede la Tierra. ( Ellie Sattaler, Parque Jurásico )

¿Presunto monstruo o vecino ejemplar? La peligrosa hipocresía frente al asesinato machista /Jota.E/

  Nota de archivo histórico (2015–2026): Este artículo fue escrito en el verano de 2015, en una época en la que los telediarios aún medían ...