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lunes, 16 de julio de 2012

Burros de oro y delincuentes natos: El mito de la evolución humana Jota ESquivias 2012


Archivo histórico (Escrito en 2012 / Revisitado en 2026): Rescato esta crítica redactada en pleno ecuador de 2012. Por aquel entonces, el debate oscilaba entre el vandalismo en las calles y el éxito de personajes analfabetos encumbrados por la televisión. Hoy, en pleno 2026, donde el poder de las redes sociales y las pantallas ha multiplicado ese comportamiento de masa amorfa y gritona, este análisis demuestra que los siglos de supuesta civilización no han hecho más que maquillar nuestro instinto más salvaje.


Dicen los expertos que la raza humana está “involucionando”; es decir, que está retrocediendo a sus orígenes, a los antiguos usos y costumbres, a los pasados estados del alma, a las creencias y a las viejas pasiones. En definitiva, estamos caminando hacia un estado salvaje del cual siglos de evolución nos tendrían que haber erradicado. Al contrario de lo que se podría admitir, en vez de desaparecer con el progreso de los tiempos y de la civilización, estos rasgos se hallan intactos en nuestros días.
Estos usos, estas creencias y estas pasiones se concentran en una clase de individuos que, habiendo nacido en un estado social de educación y comportamiento supuestamente adecuados, presentan, no obstante, por un fenómeno de instinto básico, los caracteres antropológicos y psíquicos de los primeros habitantes de la Tierra. Vuelven hoy a pensar y a agitarse como aquellos prehistóricos antepasados. Son delincuentes natos que no están todos en las prisiones. Por el contrario, alineados a izquierda y derecha en el torbellino de nuestros gobiernos, y a pesar de su carácter, adquieren puestos de relevancia y honores: directores de banco, millonarios, deportistas, artistas, hombres de iglesia, soberanos, generales, héroes, curritos, estudiantes, criminales, ladrones o periodistas.
No debemos, por tanto, afirmar que los usos y costumbres de los hombres primitivos difieren un tanto de los nuestros. Solo tenemos que concentrarnos en cualquier evento donde “el público”, criado supuestamente en una sociedad justa, tolerante y equitativa, pierde los papeles y se convierte en una masa inconsciente, amorfa y gritona. Las buenas maneras se pierden ante una multitud que los envalentona, o ante alguien que da la pauta para esa denigrante actuación.
Consciente de sus derechos, pero ignorante de los derechos del prójimo, esta masa grita, asalta, ataca y se defiende en las mismas condiciones que los guerreros de antaño. Envalentonados por la aglomeración, en vez de alistarse en filas conscientes, educadas, instruidas y admirables, se prestan gustosos a los deseos de esos personajes que lo único que defienden es su acomodado puesto. La élite del pueblo trabajador se tiene que desembarazar de estos comediantes que, por un lado, se parapetan detrás de unos trabajadores ejerciendo un derecho constitucional y, por el otro, se alisan sus trajes, se doblegan y hacen reverencias ante lo que el negrero de turno les ordena.
No pensemos que la altísima sociedad, abarrotada hasta la garganta del dinero acumulado por los negocios, las artimañas y los trapicheos, cambiará de opinión ante estos espectáculos bochornosos. Por el contrario, están animados por seguidores de una televisión donde se premia antes a un individuo analfabeto, sin trabajo ni estudios, pero que nos cuenta el chiste de turno, nos pega una "yoya" o suelta una frase célebre como el famoso “¡Andreíta, cómete el pollo!”. Esa sociedad a la que impunemente admiramos y damos de comer solo está llena de “burros de oro”, nada más. Un poder que ha sido adquirido con artimañas y transmitido a través de redes sociales, televisiones, radio y prensa; todos están involucrados.
Vende más una huelga en la que alguien sale herido, o en la que una chica insulta impunemente a un miembro de la policía, que una actuación pacífica pidiendo unos derechos y ejerciendo unos deberes. Esta comprobación explica muchos actos que a primera vista parecen absurdos, pero que son el día a día de nuestra sociedad.
En un artículo de 1906, Máximo Gorki escribía estas palabras:
“Hasta aquí os ha soportado sobre sus espaldas el esclavo, y ahora se niega a continuar en estas condiciones; le acusáis de brutalidad. ¿Habéis acaso alguna vez enseñado al pueblo nada razonable? ¿Habéis alguna vez estimado en algo lo que su alma tiene de hermoso? No; solamente le habéis fustigado, haciendo que viviese sin que os preguntase por qué vivíais vosotros mismos. Pero un hombre a quien se le castiga, tarde o temprano golpeará a su vez, y aquel a quien no se le hace sentir jamás la piedad no sabrá dar testimonio de ella cuando llegue el momento preciso”.
Más de cien años después, ya no podemos poner como excusa que nos falta educación o que no sabemos la diferencia entre una manifestación pacífica y un enfrentamiento policial. Podemos sentarnos todos en el suelo, podemos salir a la calle con las manos blancas, podemos cantar, podemos hacer muchas cosas. Pero lo que no tiene en estos tiempos lógica ni razón es la brutalidad, la verborrea y el vandalismo, porque al fin y al cabo, todos dependemos de todos en algún momento de nuestras vidas.

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