Archivo histórico (Escrito en diciembre de 2011 / Revisitado en 2026): Traigo de vuelta esta crítica redactada en las vísperas del Día de la Constitución de 2011. Hoy, en pleno 2026, el debate sobre el encaje de las autonomías, los privilegios políticos, la crisis de la justicia y los desafíos de la igualdad real entre hombres y mujeres sigue estando igual de encendido. Un texto para recordar que, catorce años después, los "reinos inexistentes" y las contradicciones de nuestra norma suprema siguen dando mucho que hablar.
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| Constitución de 1978- Con el águila de S.Juan de los Reyes Católicos, ni "pre- ni anti" |
Celebramos, como cada seis de diciembre desde 1978, el Día de la Constitución. Aunque para muchos españoles este día no sea más que el preludio de un gran puente, unas mini-vacaciones o un día más de fiesta para poder satisfacer la fiebre de las compras navideñas (que, paradójicamente, siempre nos entra justo después de ponernos la vacuna de la gripe).
Pocos recuerdan el porqué de este día o la relevancia que tiene en nuestra historia pasada y presente. Algunos se tomarán la jornada para usar, precisamente, un derecho constitucional para protestar contra la propia Constitución. La verdad es que no hay quien lo entienda, son paradojas de la vida. Otros, que juraron la Carta Magna, no acudirán a los actos institucionales porque se cogieron unas rabietas enormes al no coincidir los colores de la bandera, la lengua o porque no había helados de su sabor preferido; vete tú a saber qué es lo que piensan estos políticos.
Este año creo que es el primero en el que un presidente en funciones y otro que pronto será investido acudirán juntos a los actos programados para celebrar esta gran fiesta. Y sí, es una fiesta, pero además es la norma suprema del ordenamiento jurídico del Reino de España, por más que le pese a aquellos que quieren tener reinos inexistentes ganados en batallas imaginadas. A esta norma suprema están sujetos los poderes públicos y los ciudadanos de España, todos y cada uno de ellos, pues para eso fue ratificada en referéndum el 6 de diciembre de 1978 y sancionada (confirmada) por el rey Juan Carlos I el 27 de diciembre del mismo año.
La promulgación o anuncio de la Constitución implicó la culminación de la llamada Transición Española, que tuvo lugar como consecuencia de la muerte del anterior jefe del Estado. Aquello precipitó una serie de acontecimientos políticos e históricos que transformaron el régimen anterior en un Estado social y democrático de derecho (también de obligaciones, pero eso se nos olvida a menudo) bajo la forma política de monarquía parlamentaria. Esto último significa, básicamente, que el rey no gobierna, pero se le paga igualmente.
Su título preliminar (el de la Constitución, no el del rey) proclama ese Estado social y democrático de derecho que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.
Bueno, una cosa es que lo propugne y otra muy diferente es lo que pasa en la realidad. La libertad de cada español se ve mermada a menudo por el libertinaje de otros, coartando así uno de esos valores superiores e indignando al resto. La justicia, todos sabemos que es ciega, a veces sorda y muda (la pobre no tiene desperdicio), y continuamente comprobamos con impotencia cómo se promulga a favor de “los malos” en detrimento de “los buenos”. Todo por culpa de unas leyes de aquí y de allá que no dejan indiferente a nadie, pero que favorecen, al menos en España, al delincuente, estafador, asesino o violador.
La igualdad es un punto y aparte. En España, la igualdad solo se ve a la hora de votar; o sea, que da igual que votes a uno o a otro. Porque en lo que da verdadero sentido a la palabra —equivalencia, semejanza o paridad— aún nos queda muchísimo camino por andar.
Estadísticamente está demostrado que la mujer tiene más capacidad para el estudio que el hombre; en cambio, los mejores puestos y los mejor pagados en este país siguen siendo para ellos. Los hombres hacen las leyes y los hombres se las saltan también; los hombres se presentan a presidentes del Gobierno y las mujeres a presidentas de las AMPAS. Parece igual, pero no es lo mismo. Las cifras de paro en las mujeres son escandalosas si se comparan con las de los hombres, siendo ellas las más perjudicadas en muchas facetas del día a día. Y la cuestión no es como en política, donde imponen un cincuenta de esto y un cincuenta de aquello. La cuestión es el miedo intrínseco que tiene el género masculino a dejar en manos del femenino ciertas cosas que le darían un indiscutible poder. Ese miedo es el que nos tiene atrapadas en esta “igualdad” que nos degrada cada día más.
En la Constitución también se afianza el principio de soberanía popular; es decir, el pueblo decide en las urnas al gobernante que quiere tener. Eso sí, dentro de los que se presentan. O sea, que esa “soberanía” está coaccionada por los partidos: si te ponen a un burro para que lo votes, solo tienes dos opciones: hacer presidente al burro o votar en blanco. Aún así, elijo siempre votar para ejercer mi derecho.
El pueblo soberano se tiene que doblegar a la forma de gobierno de la monarquía parlamentaria. Es decir, el pueblo es soberano, pero los que mandan son los de siempre. El rey, por ejemplo, no es dueño de la casa en la que vive, pero solo la disfruta él. Nadie de los que no tienen casa en este país se atreve a ir a pasar la noche allí ni a ningún palacio real (para eso tienes que irte a los imaginarios). Eso sí, nos dicen que son de todos los españoles, pero para visitarlos tenemos que pagar entrada. Es todo muy incongruente y extraño, pero son cosas de leyes que los españolitos de a pie no entendemos (y no digamos las mujeres, si además somos rubias).
El caso es que mañana es seis de diciembre para todo el que se quiera acordar de este acuerdo histórico. Y para el que no, pues hale, a trabajar, que ya dicen los empresarios que se pierde mucho tiempo en festejos y que hay que trasladar las fiestas a los lunes. Así que ahora la Navidad podrá caer en cualquier día del mes, y no precisamente el 25.
"La Constitución no define ni determina cuál es el lenguaje revolucionario y cuál no y, por tanto, no puede condenar este o el otro. Pero si lo determinara, ¿nos creéis tan tontos como para no tenerlo en cuenta?"
(Samuel Fielden)
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