Nota de Archivo Histórico (Noviembre 2010)
Este artículo fue publicado originalmente a finales de noviembre de 2010, un momento crítico de la Gran Recesión en España, cuando el desempleo se acercaba a los cinco millones de personas. El texto actúa como una radiografía de época, capturando el descontento social bajo el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y entrelazando la realidad nacional con hitos internacionales de ese mes exacto: el rescate económico de Irlanda, las protestas en Francia por la reforma de las pensiones y el desmantelamiento del campamento saharaui de Gdeim Izik. Se presenta en su versión editada, conservando su valor como crónica sociopolítica del momento.
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| Lus Joosten which 2020 |
Es evidente que una sociedad donde los elementos productores —los que crean cuanto es necesario para la vida y el desarrollo del ser humano— carecen de todo, sufren mil humillaciones y están completamente subordinados, mientras los holgazanes, los parásitos y los que no aportan casi ningún esfuerzo útil nadan en la abundancia, gozan de todo y reducen a escasos sueldos a los que todo lo producen, es una sociedad condenada por la justicia.Y si hablamos de que esto pasa en una sociedad —repito— gobernada por el "socialismo", ¿Qué podemos esperar los trabajadores? Los mismos verdugos (o lo que es igual, los jefes) convienen en este punto con las víctimas.A su vez, la razón condena también y rechaza un sistema social como el presente, en el que, a mayor abundancia de productos y a una considerable riqueza, corresponden una mayor suma de privaciones y un grado extraordinario de consternación y desventura. Raya en lo absurdo ver a una porción de habitantes hacer largas colas en las oficinas del paro, no poder pagar sus hipotecas y no llegar a fin de mes con el escaso subsidio que les es entregado (y en algunos casos, ni eso).Ocurre cuando hay miles de casas inhabitadas, ropas y calzado en destocaje por falta de venta, y géneros alimenticios de todas clases que diariamente van a parar a la basura por no haberse entregado al consumo en el momento necesario, todo por no bajar los precios inflados a los que ya nos están acostumbrando.Protesta además la razón contra un medio social que, según se desarrolla y llega a sus últimos límites, hace del ser inteligente, útil y moral un esclavo, y convierte en señor —casi en dios— al que está desprovisto de aquellas cualidades y se halla dominado solamente por el afán de enriquecerse; no mediante su capacidad y esfuerzo, sino a costa de la actividad y el conocimiento ajenos. Y si no, echen un vistazo a sus ayuntamientos, a sus delegaciones, a sus liberados sindicales o a sus encargados.La justicia, así como la razón, exigen, pues, que un estado tal de cosas desaparezca para poder salir del bache en el que nos vemos metidos. Pero hay demasiadas fortunas en juego, demasiados puestos de trabajo con sueldos desorbitados que se niegan a una reforma de este sistema. Con el cuento de que los estados anteriores eran injustos también y vivieron durante mucho tiempo, nos hacen creer que las sociedades pasadas luchaban igualmente con la razón y, sin embargo, así les fue a muchos de ellos. Aunque, claro, cada uno ve la historia según las gafas que lleva puestas en ese momento.Lo que ha empobrecido, lo que siempre ha deshecho y sepultado a los organismos sociales caducos, facilitando la aparición y el desarrollo de otros nuevos, ha sido la necesidad: esa poderosa fuerza que no conoce dique alguno capaz de contenerla. Ella fue la que redujo a la nada la esclavitud; ella la que puso término a la servidumbre (aunque en ocasiones no lo parezca, como en la reciente visita papal). Ella es la que hoy ordena y exige imperiosamente que el trabajador por cuenta ajena —última forma de la sumisión de unos seres a otros— se rebele de la situación a la que nuestro Estado lo somete.Sucédanse los periodos de trabajo y de crisis respectivamente; ya lo dice la Biblia: siete años de vacas gordas originan siete de vacas flacas. Y desde la entrada de este gobierno, al final no habrá ni vacas por el coste del ganadero y el poco beneficio que obtiene. El capitalismo, en estos periodos, se sienta a disfrutar de sus beneficios anteriores y aprovecha para sus fines la parada de miles de obreros, haciéndoles trabajar más horas por menos sueldo y ofreciendo contratos de los llamados “basura”, siempre con el beneplácito de los gobernantes de turno.La crisis actual, cuyo término no se vislumbra, parece indicar que la paralización del trabajo —mejor dicho, la falta de ocupación de millones de obreros (casi cinco)— va a dejar de ser un fenómeno transitorio, aunque duradero, para convertirse en un hecho constante, en un mal perpetuo. Los sucesos en Francia por la reforma de pensiones, la caída generalizada de las bolsas europeas ante la crisis de Irlanda, los terribles acontecimientos del Sáhara... ¿Qué son más que signos precursores de la necesidad que existe de concluir con este gobierno y la sociedad que lo mantiene? ¿No tenemos bastantes evidencias de que estamos ante un gobierno que deja pasar los días para ver si ocurre un milagro o una catástrofe que le deje respirar por un tiempo y haga que la opinión pública mire para otro lado?Y como decía Pío Baroja: “Aunque tengamos la evidencia de que hemos de vivir constantemente inmersos en la oscuridad y en las tinieblas, sin objeto y sin fin, hay que tener esperanza”. Pero la esperanza no viene de la nada, ni de mirar al cielo ni a las nubes. Evidentemente.

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