martes, 19 de octubre de 2010

Las Victimas del Trabajo. Jota Esquivias.

Nota de Archivo Histórico editado en 2026
Este artículo fue publicado originalmente a finales de 2010. Se presenta en su versión editada, conservando la vigencia de su demanda de justicia social. El texto toma como punto de partida el accidente de la mina de San José en Chile (agosto-octubre de 2010) y la huelga general en España de septiembre de ese mismo año, entrelazando la actualidad internacional con una profunda crítica a la corrupción del "Caso Malaya" y al letargo social de la época.

Mes de la Historia de las Mujeres: El papel de la "viuda casada" del minero de Cornualles.
A estas alturas, el mundo entero conoce lo que aconteció en la mina de San José, en Chile, ¿pero verdaderamente se conocen las causas que motivaron la catástrofe? De seguro, como ocurre siempre, no se encontrarán responsabilidades para nadie. La casualidad, el destino o la Parca fiera serán los catalizadores; nunca la avaricia de los contratistas, ni la desidia de los gobiernos, ni la pasividad de los medios de comunicación, a los que solo les interesa la “carnaza” de la historia.
Lamentablemente, la vida de los trabajadores vale muy poco para tomar medidas que les sirvan de garantía durante su jornada. Y que no se diga que este siniestro ha venido a sorprendernos. Diariamente, y en cualquier parte del mundo, los obreros son víctimas de la codicia de los que manejan el capital, cuyo egoísmo queda implícito junto a la imprevisión de las autoridades. Estos son, y no otros, los verdaderos causantes de estas catástrofes en las que el trabajador es siempre el que más pierde.
En España, lamentablemente, estamos elaborando demasiado en el terreno de la teoría, y por exceso de ideologías padece el trabajador un empacho de doctrina. Estamos desprovistos de iniciativa, faltos de medios en numerosas ocasiones; somos, en resumen, huérfanos de espíritu práctico. Si alguien ha padecido en nuestro país la enfermedad del idealismo, esos hemos sido nosotros. Nos hemos pasado años soñando, sin pensar en más organizaciones gremiales que las previamente establecidas y conocidas por todos.
Pensamos que la huelga, el mitin, la manifestación y los medios de comunicación son los únicos procedimientos de lucha. Creemos que hacer una huelga general una vez cada cuatro años será la panacea que acabará con todos nuestros problemas. Diariamente se escribe sobre grandes ideas, pero muy poco sobre mejoras inmediatas. Los grandes núcleos se organizan fácil y rápidamente para pedir que no se congelen o bajen sus sueldos, pero para conquistar un derecho político o reparar una ofensa a la dignidad de los demás trabajadores se necesita la ayuda de todos.
Nuestra fortaleza no se mina con el procedimiento seguido hasta hoy por los dirigentes de gobierno, consistente en dividir las fuerzas y ofrecernos víctimas propiciatorias con huelgas “al humo” y algaradas contra unos y otros en fiestas de guardar. Para destruir el predominio de los advenedizos, necesitamos persistir en que el trabajador es, al fin y al cabo, el instrumento que mueve la máquina de la sociedad. Necesitamos desarrollar la cooperación, cercenando el poder económico de esa clase social innecesaria, como los implicados del caso Malaya y tantos otros. Tenemos que llenar nuestro cerebro de ideales, de destellos de luz que hagan sucumbir a nuestra actual indiferencia, causa principal de nuestra presente esclavitud.
No la caridad, sino la justicia, ha de resolver el problema social. ¿Qué razón hay para que el trabajo mendigue o reciba de limosna lo que por derecho le corresponde?
«Sustituir la justicia por la caridad es el mayor de los insultos que se pueden hacer a un obrero»
Concepción Arenal

domingo, 10 de octubre de 2010

El hechizo de la caverna moderna. Jota Esquivias.

Nota de Archivo Histórico revisado en 2026
Este artículo fue publicado originalmente en octubre de 2010. Se presenta en su versión corregida y editada, manteniendo el análisis social de su época. El texto hace referencia a dinámicas previas al auge actual de las redes sociales y a la crisis del "ladrillazo" inmobiliario en España, conservando su valor como crónica y reflexión de ese contexto histórico específico.
El delito es la protesta del instinto contra la ley
Cesare Lombroso
Algunos investigadores han demostrado que los usos y costumbres, los antiguos estados del alma, las creencias y las viejas pasiones de los seres primitivos, en vez de desaparecer con el progreso de los tiempos y de la civilización —como generalmente se podría admitir—, han llegado intactos hasta nuestros días.
Ya en el siglo XIX, el médico y criminólogo Cesare Lombroso aseguró que estos instintos del hombre primitivo sobrevivían en los llamados «delincuentes natos». Y no iba desencaminado, con la pequeña salvedad de que, lamentablemente, no todos ellos están en las prisiones. Al contrario, alineados a izquierda y derecha en el torbellino de la vida social, consiguen adquirir altas posiciones como gobernantes, directores de banco, millonarios, deportistas, papas, héroes, explotadores o criminales.
—Hago un paréntesis aquí para tomar aliento—.
No se debe afirmar, por tanto, que estos usos y costumbres se concentraron solamente en la clase de los degenerados natos. Hay también otras capas sociales. El pueblo actual, criado en el cieno de la ignorancia y de la doctrina televisiva, embrutecido por la vida y cautivo de un trabajo mal pagado y peor agradecido, es a menudo inconsciente de sus derechos y deberes. En ocasiones, se encuentra organizado por sindicatos que solamente sirven para mirarse el propio ombligo.
A este pueblo, al que en muchísimas ocasiones y gracias a los medios de comunicación se le trata de ignorante y analfabeto, lo llevan encadenado los modernos negreros, que son sus patronos o las marcas de moda de este año. El pueblo, repito, mantiene con mucha frecuencia los usos, costumbres y creencias del hombre primitivo. Los políticos y las cadenas de televisión son sus nuevos hechiceros. Creen en la magia, en los sueños, en los espectros y en los milagros. Cuando se cruzan con alguien famoso se repeinan y se estiran la ropa, aunque el susodicho sea un microcéfalo, un tirano o un analfabeto encumbrado por la televisión. Así hacían antaño los esclavos cuando pasaba su rey ficticio.
Y no hay que pensar que la alta sociedad se libra de esta plaga. La mayoría de ellos son nuevos ricos gracias a desfalcos, "ladrillazos" inmobiliarios y artimañas varias. La alta sociedad, repito, no estudia, no trabaja y se vuelve cada día más estúpida de lo que ya era. En el fondo, ellos también son analfabetos, idénticos a los vasallos que aplauden a su señor cuando llega su cumpleaños y este, en un ataque de falsa generosidad, les reparte un pedazo de tarta con sus propias manos.
Esta comprobación de los investigadores explica muchos actos que a primera vista parecen absurdos. Aunque ciertamente, aún existe otra fuerza formada por grandes pensamientos de belleza, de justicia y de solidaridad... Pero ¿Cómo pretendéis hacer comprender a un pueblo hipnotizado la magnificencia del color del mar embravecido?


                 

¿Presunto monstruo o vecino ejemplar? La peligrosa hipocresía frente al asesinato machista /Jota.E/

  Nota de archivo histórico (2015–2026): Este artículo fue escrito en el verano de 2015, en una época en la que los telediarios aún medían ...