domingo, 7 de noviembre de 2010

La ilusión de la libertad y el retorno de la servidumbre - Jota Esquivias 2010


Se dice a menudo que a las generaciones pasadas les costó mucho trabajo, grandes luchas y no poca sangre conquistar las libertades que nos han legado. Gracias a su esfuerzo, se pregona con demasiada frecuencia que hoy somos plenamente libres, mientras que nuestros antepasados no lo eran. Sin embargo, esta afirmación es exacta solo en parte.
Es innegable que en épocas anteriores las sociedades se hallaban mucho más oprimidas bajo el peso de regímenes autoritarios. Quienes nos precedieron se vieron obligados a ocultar y callar lo que pensaban por miedo a las persecuciones. No obstante, la idea de que en la actualidad ya somos libres es un espejismo que debemos dejar a un lado. Al contrario, estamos muy lejos de ello. Disponemos de libertad en la teoría y en las leyes escritas, pero en lo hondo de nuestras entrañas sigue fuertemente arraigada la servidumbre. Quien se resista a reconocerlo solo tiene que observar el comportamiento de las masas ante el poder.
El culto a la autoridad y la naturaleza del rebaño
Cuando una alta figura del poder institucional, religioso o político visita nuestras ciudades, se desatan despropósitos colectivos que jamás se justificarían por un ciudadano común. Si estas figuras fueran consideradas iguales ante la ley y la sociedad, se las trataría como a cualquier vecino. Pero el sistema no opera así. La masa no los mira como iguales, sino como seres superiores, pertenecientes a una estirpe especial y privilegiada, inmunes a las responsabilidades que aplican al resto de los mortales. Como ha ocurrido en todas las civilizaciones, los seres humanos insisten en buscar héroes, deidades o salvadores a los que subordinarse. 
Tenemos tan metida en la sangre la servidumbre aborregada que en nuestros actos va siempre sobrentendida una idea alarmante: el sentimiento de que nuestras vidas no tienen una finalidad en sí mismas. Vivimos, como la oveja, para la comodidad de un pastor y mientras a ese pastor le plazca.
¿Qué hay de extraño, por consiguiente, en que la multitud salte de gozo cuando el líder de turno se digna a pasear por nuestras calles, mirándonos de soslayo desde sus vehículos especiales de seguridad, mientras la muchedumbre se humilla como si fuesen simples gusanillos de la tierra?
El papel de los medios y la distracción de masas
Resulta escandaloso ver cómo echan las campanas al vuelo los medios de comunicación, incluso aquellos que se autoproclaman demócratas, críticos o progresistas. Nos explican hasta la saciedad las actividades cotidianas de estas figuras de poder (lo que comen, cómo duermen o con quién hablan) como si se tratara de eventos históricos. Solo la convicción automática, arraigada a fuerza de tradición, de que su naturaleza es superior a la del ciudadano común, puede explicar semejante galimatías mediático.
Esta devoción ciega no se limita a las esferas del poder tradicional; se traslada también a las dinámicas del entretenimiento moderno:
  • La idolatría ciega: El fanatismo desmedido por creadores de tendencias o cantantes de moda.
  • El vasallaje institucional: El escrutinio y la fascinación por la vida de las familias herederas del poder dinástico o la aristocracia.
  • El circo mediático: La obsesión colectiva por la vida privada de personajes irrelevantes creados por la propia televisión para generar distracción.
¿Somos verdaderamente libres?
Cuando alguien reflexiona sobre el significado de este comportamiento y lanza un grito de protesta verdaderamente humano, la sociedad suele juzgarlo como un elemento estrafalario o radical. Sin embargo, estas conductas colectivas son señales inequívocas de un profundo espíritu de esclavitud latente.
El sistema moderno ha perfeccionado el mecanismo: nos permite creernos y decirnos personas libres para evitar que nos rebele el peso de nuestras cadenas. Nos consuelan con el derecho al voto y al consumo, pero mantenemos intacta la estructura mental del siervo que necesita un amo al que adorar. Nos creemos libres, pero ¿de verdad lo somos?

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