«En todos los tiempos, los que gobiernan han prometido el paraíso, pero nunca han preparado más que un infierno para los demás»
Edmund Burke
Ya han llegado los días de venganza; habéis humillado al pueblo; soportad las consecuencias.
«En todos los tiempos, los que gobiernan han prometido el paraíso, pero nunca han preparado más que un infierno para los demás»
Edmund Burke
Comenzamos el año: para el Gobierno, siempre positivo; para el ciudadano, siempre negativo. ¿Nunca nos vamos a poner de acuerdo? ¿Qué pensaría el gobierno de ZP si ellos estuviesen en la oposición? ¿Saldrían a la calle como cuando salieron a protestar por el “Prestige” o por la guerra de Irak? ¿Qué hace que una guerra sea ilegal o legal? ¿Los muertos son menos muertos por ello? Quizás la pregunta es: ¿Qué estorba y qué le hace falta a esta democracia?Para deducir lo que estorba y lo que hace falta a la democracia es necesario tener en cuenta que esta es el gobierno del pueblo, ejercido con la intervención de todos los ciudadanos capacitados y el cumplimiento de la voluntad de la mayoría de los mismos.La intervención de todos los ciudadanos capacitados es absolutamente indispensable para practicarla; no vale quedarse en casita el domingo de elecciones porque no sabes a quién votar, porque piensas que todos los partidos son iguales o simplemente porque pasas del tema. Ni tampoco sirve protestar en los medios de comunicación si luego no ejerces tu derecho al voto para demostrar que no estás de acuerdo con lo que te imponen.Claramente, el Gobierno se tiene que hacer cargo de ciertos asuntos sin la intervención implícita del pueblo, pero no estaría de más que el mismo pueblo tuviese acceso a las Cortes para poder tener voz y palabra en los presupuestos generales o en leyes absurdas e impunemente impuestas (valga la redundancia).Luego llegan las protestas. Los sindicatos, hasta ahora alimentados por el Gobierno, apenas dicen una palabra de los más de cuatro millones de parados que hay en el país y, por supuesto, tampoco de las condiciones laborales a las que se ven sometidos aquellos que aún conservan sus empleos. Las pérdidas económicas derivadas de las decisiones arbitrarias del Gobierno le importan poco a estos sindicatos, al Defensor del Pueblo, a los jueces o magistrados y demás correveidiles sustentados desde el poder central.Y mientras, Pan y Toros, como en la época romana. Bueno, toros en todas partes menos en Cataluña, donde, como no quieren maltratar a los pobres animales, decidieron clausurar sus plazas. Cuando decidan que los pollos, corderos, vacas, cerdos, sardinas, anchoas, gambas y besugos también sufren y también mueren, la cosa se va a poner muy “chunga”. Y qué decir tiene que los vegetales, según estudios científicos, además de vida también tienen sentidos (ya os acordaréis de aquello de “nacen, crecen, se reproducen y mueren”). Así que no sé a dónde llegará la cosa cuando la asociación de “Salvar a las zanahorias” llegue hasta el Congreso para que se impida su ingesta masiva.Y luego los idiomas. Atrás quedó la ilusión humana de hacer una torre para llegar hasta Dios: Babel, cada uno por su lado, porque en teoría no se entienden unos con otros. No se entienden porque siempre hablan a voces y no se escuchan; porque el silencio, en ocasiones, es más elocuente que cualquier palabra, sea en el idioma o dialecto que sea.También está la “supuesta cultura”, y digo supuesta porque va sobrentendida dependiendo del color que sea el gobierno que la instruya. Así, de esta manera, películas como Volver de Almodóvar son algo muy cultural (“me he fumado un porro, ¡qué fuerte!”) y, en cambio, El pequeño ruiseñor es algo muy grotesco, pasado y que no tiene ningún tipo de precepto.Entonces, todos estos extremos afectan a lo más fundamental de la democracia. Mientras esta no se practique en su pureza, no ha de esperarse de ningún gobierno que proceda de conformidad con la voluntad del pueblo en su conjunto. Hace falta que los verdaderos demócratas —monárquicos, republicanos, "peperos" o socialistas— promuevan una idea para llegar a una común inteligencia. Pero eso, como decía mi abuela, “es harina de otro costal”.Lecturas recomendadas para entender nuestra realidad social:
- “El informe Lugano” – Susan George (2001)
- “Bienestar insuficiente, democracia incompleta” – Vicenç Navarro (2002)
«La democracia no es solo depositar un voto en la urna; democracia es elegir, pero para elegir hay que tener conciencia y criterios de pureza, no dogmas de partido»
Nota de Archivo Histórico (Diciembre de 2010)
Este artículo fue publicado originalmente a las puertas de las Navidades de 2010. Se presenta en su versión editada, manteniendo intacto su valor como crónica de un momento dramático de la historia económica española: el invierno en el que la crisis de 2008 transformó de raíz el perfil de la precariedad y el desempleo masivo comenzó a llamar a las puertas de las familias de clase trabajadora.
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| España 1919 |
Verdaderamente no es mi especialidad —si es que tengo alguna— el estudiar esta clase de materias; sin duda tampoco soy de las personas que se plantean la cuestión, pero el hecho es que la cuestión existe y que antes o después hay que tratarla. Alguien ha de empezar y, ya que se está tardando en ello, cuando consideramos que el problema puede empeorar, no sirve de nada cerrar los ojos al ver que el mal se acerca.Con la proximidad de las fechas navideñas se ha incrementado considerablemente el número de personas que salen a la calle a mendigar. Ya no es el típico ciudadano de origen rumano que se acomodaba estos años atrás a las puertas de los supermercados. Ni es el chico que amablemente nos brinda la revista La Farola en los centros comerciales. Ni los que te venden pañuelos o se ofrecen a limpiarte el parabrisas en los semáforos.Cada día que pasa viene alguien nuevo a pedir a tu puerta: personas españolas, vecinos sin subsidio por desempleo que no tienen trabajo y tienen una familia que mantener; prejubilados a los que no les llega la asignación a fin de mes; separados que no pueden pasar la pensión a sus hijos porque se les va el sueldo entero en alquiler y comida.Siempre decimos aquello de “no doy porque se lo gastan en droga o en alcohol”. ¿De verdad pensamos que cuando un ser humano, un trabajador, se rebaja a pedir de puerta en puerta —sabiendo de antemano que en muchas de ellas ni siquiera le van a abrir— lo hace por puro egoísmo? ¿De verdad pensamos que es por no querer trabajar, o porque se lo pasa mejor pidiendo que trabajando? ¿O son solo un montón de excusas que nos ponemos nosotros mismos para acallar nuestras conciencias? ¿Tan ciegos estamos que no vemos que la realidad social de nuestro país es la misma de hace cien años?El trabajador calla por si le despiden; los sindicatos chupan del frasco del Gobierno —que para más burla se etiqueta de "socialista"—; los medios de comunicación viven del cuento ajeno... y aún dicen que lo peor no ha llegado. Mientras tanto, los gobernantes de todas partes se congelan el sueldo. ¡Faltaría más! Si tu sueldo supera los 3.000 euros al mes, ¿a cuántos de nosotros nos importaría que estuviese congelado? Como si nos lo traen directamente del Polo Norte en el trineo de Papá Noel. ¿Cuántos desocupados cantamañanas están cobrando un sueldo en este país que sale de nuestros impuestos? ¿Cuántos de ellos están preparados para gobernar ni que sea un pequeño pueblo de las Alpujarras?Esa es nuestra realidad. Todo este desbarajuste político hace de España un país de mendigos. Por algo una de nuestras obras más inmortales es el Lazarillo de Tormes. No me extraña que sea anónimo; cualquiera pudo haberlo escrito en cualquier época de nuestra historia.Esta paralización del trabajo —esta “huelga” forzosa que sufrimos casi cinco millones de españoles— nos trae como resultado la pérdida de muchos hábitos que, como todas las cosas, tienen que estimularse con el ejercicio diario. Es más, la mezquindad de los salarios y las jornadas excesivas producen en los que aún conservan sus empleos un cierto horror al trabajo, que se acrecienta a medida que contemplan los pocos beneficios que les reporta. Precisamente esta meditación es mayor en épocas de crisis como la que padecemos; los paros forzosos amenazan constantemente en sectores como el transporte, la educación o la sanidad. Esos trabajadores no sienten estímulos de laboriosidad porque están sujetos a fatales consecuencias: saben que cuanto mayor sea la cantidad de sus esfuerzos, menor será la retribución que reciban.¿Y nuestros hijos, sin empleo y sin educación? Si su inteligencia es grande y su voluntad rebelde, comenzará a germinar en su pecho el instinto de la libertad y huirán de los cánones establecidos que solo los aniquilan como individuos. Si no son rebeldes y se someten a un trabajo precario, llegará un día en que se harten porque la labor a la que se dedican es pesada y repetitiva.Estas personas, llegadas a la edad adulta y careciendo de las lícitas distracciones que presta el desarrollo intelectual y moral, buscarán en los juegos, en el alcohol y en otras sustancias un descanso y una vía de escape. Como consecuencia de ello, aumentará la vulnerabilidad familiar, la exclusión, los robos y la mendicidad.Por todo ello, el cuento de las reformas sociales no es más que un compás de espera, una estación en la que se toma un refrigerio que acallará temporalmente las conciencias de los políticos, pero que no aporta soluciones de ningún tipo. Será, simplemente, otra vuelta de tuerca a la sociedad española del siglo XXI.
Se habla mucho de la enseñanza en los colegios: los niños no aprenden —o no quieren aprender— y los maestros, hastiados en muchos casos, “pasan” simplemente las horas de clase estipuladas, hacen su trabajo cual robots y a otra cosa, mariposa.Se teoriza a menudo acerca de métodos y sistemas más eficaces de enseñanza mientras nuestros hijos dejan sus estudios a medias. Cada día es mayor el número de jóvenes sin graduado que engrosan las listas del paro, ya de por sí demasiado gruesas; jóvenes sin preparación ninguna, ni académica ni laboral. Hijos e hijas que se pasan la vida en las redes sociales, quejándose de todo y no faltándoles de nada. Aunque ahora, con la crisis que estamos atravesando, la verdad es que se empieza a carecer de muchas cosas.Fenómenos sociales como el “botellón” inundan nuestras calles, plazas y parques. La inmundicia y los problemas que acarrean estos fenómenos son una patata caliente que se pasan entre políticos, educadores y padres. Pero ninguno se quiere hacer responsable de ciertas actuaciones que cada día van mermando la integridad de nuestros adolescentes, llegando a tener muchos de ellos problemas con el alcohol y las drogas a muy temprana edad.Una legión brillantísima de eminentes pedagogos nos da multitud de normas por las cuales conducirnos y conducir a nuestros jóvenes: enseñanza solidaria, continua, intuitiva, consecuente, acromática, simultánea, socrática… Sería cosa de no acabar nunca de enumerar para, al final, venir a concluir en que, del mismo modo que en lo concerniente al material, cada maestro se las ha de arreglar como buenamente pueda. Todo según las circunstancias, el número de alumnos o las condiciones locales.En cambio, no nos damos cuenta de que cada caso particular exige, muchas veces, procedimientos distintos. Aglomerar en un aula a todo aquel que no estudia religión católica, por ejemplo, con la llamada clase de ética —que en la mayoría de los casos no se imparte o se imparte mal— no es la solución. Obligar a los alumnos a leer soporíferos libros en los que algún pedante profesor sacó una brillante idea en su pasada juventud tampoco conduce a grandes logros. Ver películas sin ton ni son, elegidas al azar en cualquier decadente videoteca, sin más preparación que la de saber dar al botón de “Play” del aparato, parece la opción más aceptada (que no acertada); lo cierto es que no conduce a ninguna parte.El primer paso a dar sería el trabajo continuo, despertar una conciencia y habituar a los niños a distinguir los derechos y los deberes. A todas horas, en todas las ocasiones y con todos los pretextos. Si no partimos de esa base, todo lo demás será inútil. Hay que enseñarles a respetar y a respetarse a sí mismos, marcándoles unas metas de futuro que serán distintas en cada uno de los casos. Se deben incentivar las escuelas profesionales, pero no esperar a que el alumno arrastre tres o cuatro cursos detrás de sí como último recurso, sino desde la base, desde que el estudiante tenga claro lo que quiere hacer en la vida.La educación de nuestros hijos se nos ha ido de las manos. Creemos que educar consiste en meterlos lo más temprano posible en guarderías y ludotecas (que no son más que sitios para quitarnos a nuestros hijos de encima y no educarlos nosotros mismos). Pensamos que basta con comprarles las últimas videoconsolas, el último teléfono móvil —bajo el pretexto de tenerlos controlados— y, en definitiva, todo lo que nuestra conciencia nos dicta en forma de regalos, pero no en amor filial. Si continuamos por ese camino, nos seguiremos dando contra un gran muro (lleno de pintadas, por cierto).En la razón de cada uno está la educación de sus hijos. No hay que dejar que otros hagan lo que, por derecho y obligación, nos pertenece a nosotros mismos.
«Educar es creer en la inagotable posibilidad de la educación, es creer en la capacidad humana de ser mejor»
Nota de archivo histórico (2015–2026): Este artículo fue escrito en el verano de 2015, en una época en la que los telediarios aún medían ...