domingo, 14 de noviembre de 2010

El niño descalzo Álvaro Ortiz -1906



Con profusión incesante
caían copos menudos
de nieve; y el tierno infante
iba con los pies desnudos.
Aunque astroso y pobretón,
era una preciosidad,
con mucha penetración
y con diez años de edad.
A la escuela dirigía
su marcha con paso breve,
y sus plantas imprimía
sobre la cuajada nieve.
Un mercader de calzado
le vio pasar por su vera
y le dijo: —¡Desdichado!
¿Cómo vas de esa manera?
Existe en mis almacenes
una abundante partida
de calzado, y allí tienes
zapatos a tu medida.
Hay allí calzado recio
tan bueno como el que más,
y por un exiguo precio
fuertes zapatos tendrás.
Así en tus pies no hará daño
el frío con su rigor.
Y entre apacible y huraño
repuso el niño: —¡Ay, señor!
De mi suerte lastimera
son mis pies testigos mudos.
¿Yo, pobre, qué más quisiera
que no llevarlos desnudos?
Pero está mi padre amado
sin labor y sin dinero
y para mí no hay calzado...
—¿Qué es tu padre?
—¡Zapatero!
Álvaro Ortiz
Publicado en La Revista Socialista (Madrid, 1 de enero de 1906).

domingo, 7 de noviembre de 2010

La ilusión de la libertad y el retorno de la servidumbre - Jota Esquivias 2010


Se dice a menudo que a las generaciones pasadas les costó mucho trabajo, grandes luchas y no poca sangre conquistar las libertades que nos han legado. Gracias a su esfuerzo, se pregona con demasiada frecuencia que hoy somos plenamente libres, mientras que nuestros antepasados no lo eran. Sin embargo, esta afirmación es exacta solo en parte.
Es innegable que en épocas anteriores las sociedades se hallaban mucho más oprimidas bajo el peso de regímenes autoritarios. Quienes nos precedieron se vieron obligados a ocultar y callar lo que pensaban por miedo a las persecuciones. No obstante, la idea de que en la actualidad ya somos libres es un espejismo que debemos dejar a un lado. Al contrario, estamos muy lejos de ello. Disponemos de libertad en la teoría y en las leyes escritas, pero en lo hondo de nuestras entrañas sigue fuertemente arraigada la servidumbre. Quien se resista a reconocerlo solo tiene que observar el comportamiento de las masas ante el poder.
El culto a la autoridad y la naturaleza del rebaño
Cuando una alta figura del poder institucional, religioso o político visita nuestras ciudades, se desatan despropósitos colectivos que jamás se justificarían por un ciudadano común. Si estas figuras fueran consideradas iguales ante la ley y la sociedad, se las trataría como a cualquier vecino. Pero el sistema no opera así. La masa no los mira como iguales, sino como seres superiores, pertenecientes a una estirpe especial y privilegiada, inmunes a las responsabilidades que aplican al resto de los mortales. Como ha ocurrido en todas las civilizaciones, los seres humanos insisten en buscar héroes, deidades o salvadores a los que subordinarse. 
Tenemos tan metida en la sangre la servidumbre aborregada que en nuestros actos va siempre sobrentendida una idea alarmante: el sentimiento de que nuestras vidas no tienen una finalidad en sí mismas. Vivimos, como la oveja, para la comodidad de un pastor y mientras a ese pastor le plazca.
¿Qué hay de extraño, por consiguiente, en que la multitud salte de gozo cuando el líder de turno se digna a pasear por nuestras calles, mirándonos de soslayo desde sus vehículos especiales de seguridad, mientras la muchedumbre se humilla como si fuesen simples gusanillos de la tierra?
El papel de los medios y la distracción de masas
Resulta escandaloso ver cómo echan las campanas al vuelo los medios de comunicación, incluso aquellos que se autoproclaman demócratas, críticos o progresistas. Nos explican hasta la saciedad las actividades cotidianas de estas figuras de poder (lo que comen, cómo duermen o con quién hablan) como si se tratara de eventos históricos. Solo la convicción automática, arraigada a fuerza de tradición, de que su naturaleza es superior a la del ciudadano común, puede explicar semejante galimatías mediático.
Esta devoción ciega no se limita a las esferas del poder tradicional; se traslada también a las dinámicas del entretenimiento moderno:
  • La idolatría ciega: El fanatismo desmedido por creadores de tendencias o cantantes de moda.
  • El vasallaje institucional: El escrutinio y la fascinación por la vida de las familias herederas del poder dinástico o la aristocracia.
  • El circo mediático: La obsesión colectiva por la vida privada de personajes irrelevantes creados por la propia televisión para generar distracción.
¿Somos verdaderamente libres?
Cuando alguien reflexiona sobre el significado de este comportamiento y lanza un grito de protesta verdaderamente humano, la sociedad suele juzgarlo como un elemento estrafalario o radical. Sin embargo, estas conductas colectivas son señales inequívocas de un profundo espíritu de esclavitud latente.
El sistema moderno ha perfeccionado el mecanismo: nos permite creernos y decirnos personas libres para evitar que nos rebele el peso de nuestras cadenas. Nos consuelan con el derecho al voto y al consumo, pero mantenemos intacta la estructura mental del siervo que necesita un amo al que adorar. Nos creemos libres, pero ¿de verdad lo somos?

domingo, 31 de octubre de 2010

La especulación financiera: el parásito que devora el esfuerzo social- Jota Esquivias 2010

La especulación, aunque esté legitimada por las leyes del mercado, constituye uno de los fenómenos más mórbidos de nuestra sociedad y uno de los más tolerados por los gobiernos, a pesar de ser una verdadera lacra para la organización económica mundial. Los círculos de poder, ya sean gobiernos o entidades financieras, se han dedicado a defenderla, la han juzgado necesaria y hasta se han entusiasmado con ella, al punto de conceder subvenciones y créditos a personajes de tal calaña.

El especulador juega en la vida económica el papel de un parásito: no produce nada, no aporta nada y se limita a arrebatar, con verdadera astucia, el beneficio de los auténticos trabajadores. Es un pájaro de alto vuelo que, a cambio de una miserable indemnización, despoja literalmente a los productores de sus bienes y obliga a los consumidores a comprar mucho más caro. El arma con la que ataca es de doble filo y se llama "la alta y la baja".
La trampa contra el productor y el consumidor
Si el objetivo es despojar a un productor o pagarle una miseria por su trabajo, el especulador vende un día mercancías que ni siquiera posee a un precio inferior al del mercado, prometiendo entregarlas en quince días, un mes o tres meses. El comprador, naturalmente, acude al especulador y no al productor, porque el primero vende más barato.
Ante esto, el productor se queda con su mercancía y solo tiene dos caminos:
  • Si tiene capital suficiente para resistir la presión, el especulador no podrá obtener los productos tan baratos como creía el día fijado y se verá obligado a pagar los precios justos establecidos por el productor.
  • Si necesita vender inmediatamente (que es el caso más frecuente), se ve obligado a rebajar sus precios por debajo de los del especulador para encontrar compradores. Al final, el productor termina arruinado mientras el especulador, como el Shylock de Shakespeare, se cobra con astucia su libra de carne sin haber tocado el producto.
Cuando el golpe va dirigido contra el consumidor, el negocio le sale redondo. Al especulador no lo cuesta un céntimo: no paga al contado y aplaza su deuda durante semanas o meses. Sin poseer nada propio y sin haber adelantado ningún capital, se convierte de la noche a la mañana en propietario de las mercancías. Cuando el consumidor las necesita desesperadamente, se ve obligado a pagarlas al precio de usura demandado.
El especulador coge con una mano el dinero del consumidor, se mete en el bolsillo la mayor parte posible y le da las migajas restantes al productor. Así se vuelve rico y poderoso, sin trabajar y sin aportar un solo provecho a la sociedad, ganando un crédito ilimitado que pone aún más capitales a su disposición.
La injusticia del crédito: el obrero frente al inversor
La brecha social se hace evidente al comparar las realidades del trabajo y el capital:
  • El trabajador honrado: Si un infortunado obrero quiere hacerse independiente, pasa todas las penas del mundo hasta reunir la suma que necesita para adquirir su negocio, sus herramientas o su maquinaria.
  • El especulador de la Bolsa: Por el contrario, al especulador se le abren de par en par todas las puertas del crédito. Así, de la nada y en cuestión de meses, logra alcanzar la más escandalosa de las riquezas.
Cada trabajador, sin excepción, es tributario del especulador. Todas nuestras necesidades básicas están previstas por ellos; todos los artículos de consumo son comprados antes a crédito por la especulación para ser revendidos al contado lo más caro posible. No podemos comer un pedazo de pan, repostar nuestros vehículos o realizar cualquier actividad cotidiana sin pagar una doble contribución: al Estado mediante el IVA y al especulador a través de los precios inflados. El precio final de nuestras vidas se decide en los despachos de la Bolsa.
Podemos comparar la Bolsa con un árbol venenoso que corrompe la moral del pueblo. Es, en pleno siglo XXI, una cueva de bandidos medievales que se establecen en los caminos para cortar el cuello a los transeúntes. Al igual que aquellos caballeros feudales, los especuladores forman una aristocracia financiera que se nutre opíparamente de la masa del pueblo, atribuyéndose el derecho de desollar al comerciante, al artesano, al agricultor, al minero, al obrero y al consumidor en general.
La ilusión del castigo y el negocio de las crisis
A veces nos consolamos con la falsa idea de que, en los momentos de crisis financiera, la especulación pierde en un instante todo lo que ha logrado en años de pillaje. Pero esto es una ilusión alimentada por la moral de los medios de comunicación, que intentan vender un final feliz donde el crimen recibe su castigo.
La realidad es mucho más cruda. Incluso cuando una crisis obliga al especulador a soltar su presa, nadie le quita la vida escandalosamente magnífica que ha llevado durante años a costa de la comunidad obrera. El especulador individual puede quebrar, pero los banquetes, los lujos, las fortunas derrochadas en los casinos y los excesos ya nadie se los quitará.
Además, una crisis nunca es fatal para la especulación en general, sino solo para algunos jugadores inexpertos. Al contrario, las crisis son las grandes fiestas del gran capital, las ocasiones perfectas para abatir en masa a la clase industrial y trabajadora de un país.
Es entonces cuando el gran capital abre su boca y devora no solo los ahorros de la gente común, sino también el negocio del pequeño especulador de Bolsa, a quien habitualmente deja jugar a su alrededor como el león al ratón. Las grandes caídas del mercado son provocadas y explotadas por los fondos más poderosos: compran todo lo que tiene valor a precios de saldo y, cuando la tormenta pasa, lo revenden con un provecho enorme a las mismas personas que antes se vieron obligadas a malvenderlo.
Este juego cruel se repite cíclicamente cada vez que unos años de trabajo pacífico han vuelto a llenar los bolsillos y los ahorros de los productores. Las crisis financieras no son accidentes; son los golpes reguladores mediante los cuales el gran capital acumula y absorbe el excedente de trabajo de todo un pueblo.


viernes, 22 de octubre de 2010

En hipótesis: reflexiones sobre la crisis y el porvenir social .Jota Esquivias 2010

Nota de Archivo Histórico editado en 2026
Este artículo fue publicado originalmente a finales de 2010, en plena crisis económica global. El texto analiza las leyes del desarrollo social bajo el prisma de la desigualdad económica de la época, culminando con el rescate de un valioso poema de la prensa obrera de principios del siglo pasado. Se presenta en su versión editada, conservando intacto su espíritu de crítica política y aspiración utópica.
Huelga de la Canadiense en Barcelona 1919

Si estudiamos las bases de la ley del desarrollo social y analizamos la historia de todo el progreso económico, sacaremos como consecuencia que la organización capitalista no se halla precisamente condenada a una disolución espontánea. Por el contrario, esta parece ser de forma indefinida la última fase a la que nos conduce la evolución actual: los ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.

Pero si nosotros hemos llegado a vislumbrar —mejor dicho, a comprender— los términos del problema exponiendo su fatal resolución, abreviemos en lo posible esta etapa histórica y encaminémonos hacia la finalidad entrevista: una realidad donde los ricos sean un poco más pobres y los pobres, un poco más ricos.
Bajo el concepto de “crisis mundial” nos hacen saber que esta, y no otra, es nuestra realidad social. Pero, como el ave Fénix, algún día resurgirá de sus cenizas un nuevo orden de cosas: una organización más equitativa y más social de los medios de producción y de las fuerzas de trabajo. Un nuevo orden en el que los pueblos más atrasados recabarán autonomía y progreso, útiles predisposiciones para la alianza futura; y, en cambio, los mejor dotados imperarán y prepararán a los menos aptos. Así, el desarrollo de la riqueza y de la cultura inclinará la balanza sin lugar a dudas.
¿Asusta a alguien esta deducción? Pues peor que peor, porque, a lo mejor, lo estamos viendo ya en nuestros ayuntamientos y en nuestras administraciones. No olvidemos que hubo pueblos en la historia donde el progreso se impuso por la fuerza de las invasiones, ya fueran fenicias o romanas. Los pueblos que mantienen en el gobierno a inútiles que estorban el progreso se merecen un puntapié en salva sea la parte, por mucho cambio de cartera, de gabinete y de confusiones que hagan, dicho sea sin hipótesis.
Creada en el encanto del ensueño,
contemplo mi visión de la sociedad futura,
donde el ser humano vivirá libre y de su mañana dueño;
a lo largo de la historia, esa fue su causa eterna de amargura.
¡Oh, utópica sociedad en la que pensamos
cuantos en esta humanidad sufrimos!
De la desigualdad vemos a diario los rudos efectos:
gente odiada, perseguida, empobrecida...
¿Para cuándo veremos horizontes sociales más perfectos?

(Poema anónimo recuperado de las páginas culturales de La Revista Socialista, año IV, Madrid, 1906).

martes, 19 de octubre de 2010

Las Victimas del Trabajo. Jota Esquivias.

Nota de Archivo Histórico editado en 2026
Este artículo fue publicado originalmente a finales de 2010. Se presenta en su versión editada, conservando la vigencia de su demanda de justicia social. El texto toma como punto de partida el accidente de la mina de San José en Chile (agosto-octubre de 2010) y la huelga general en España de septiembre de ese mismo año, entrelazando la actualidad internacional con una profunda crítica a la corrupción del "Caso Malaya" y al letargo social de la época.

Mes de la Historia de las Mujeres: El papel de la "viuda casada" del minero de Cornualles.
A estas alturas, el mundo entero conoce lo que aconteció en la mina de San José, en Chile, ¿pero verdaderamente se conocen las causas que motivaron la catástrofe? De seguro, como ocurre siempre, no se encontrarán responsabilidades para nadie. La casualidad, el destino o la Parca fiera serán los catalizadores; nunca la avaricia de los contratistas, ni la desidia de los gobiernos, ni la pasividad de los medios de comunicación, a los que solo les interesa la “carnaza” de la historia.
Lamentablemente, la vida de los trabajadores vale muy poco para tomar medidas que les sirvan de garantía durante su jornada. Y que no se diga que este siniestro ha venido a sorprendernos. Diariamente, y en cualquier parte del mundo, los obreros son víctimas de la codicia de los que manejan el capital, cuyo egoísmo queda implícito junto a la imprevisión de las autoridades. Estos son, y no otros, los verdaderos causantes de estas catástrofes en las que el trabajador es siempre el que más pierde.
En España, lamentablemente, estamos elaborando demasiado en el terreno de la teoría, y por exceso de ideologías padece el trabajador un empacho de doctrina. Estamos desprovistos de iniciativa, faltos de medios en numerosas ocasiones; somos, en resumen, huérfanos de espíritu práctico. Si alguien ha padecido en nuestro país la enfermedad del idealismo, esos hemos sido nosotros. Nos hemos pasado años soñando, sin pensar en más organizaciones gremiales que las previamente establecidas y conocidas por todos.
Pensamos que la huelga, el mitin, la manifestación y los medios de comunicación son los únicos procedimientos de lucha. Creemos que hacer una huelga general una vez cada cuatro años será la panacea que acabará con todos nuestros problemas. Diariamente se escribe sobre grandes ideas, pero muy poco sobre mejoras inmediatas. Los grandes núcleos se organizan fácil y rápidamente para pedir que no se congelen o bajen sus sueldos, pero para conquistar un derecho político o reparar una ofensa a la dignidad de los demás trabajadores se necesita la ayuda de todos.
Nuestra fortaleza no se mina con el procedimiento seguido hasta hoy por los dirigentes de gobierno, consistente en dividir las fuerzas y ofrecernos víctimas propiciatorias con huelgas “al humo” y algaradas contra unos y otros en fiestas de guardar. Para destruir el predominio de los advenedizos, necesitamos persistir en que el trabajador es, al fin y al cabo, el instrumento que mueve la máquina de la sociedad. Necesitamos desarrollar la cooperación, cercenando el poder económico de esa clase social innecesaria, como los implicados del caso Malaya y tantos otros. Tenemos que llenar nuestro cerebro de ideales, de destellos de luz que hagan sucumbir a nuestra actual indiferencia, causa principal de nuestra presente esclavitud.
No la caridad, sino la justicia, ha de resolver el problema social. ¿Qué razón hay para que el trabajo mendigue o reciba de limosna lo que por derecho le corresponde?
«Sustituir la justicia por la caridad es el mayor de los insultos que se pueden hacer a un obrero»
Concepción Arenal

¿Presunto monstruo o vecino ejemplar? La peligrosa hipocresía frente al asesinato machista /Jota.E/

  Nota de archivo histórico (2015–2026): Este artículo fue escrito en el verano de 2015, en una época en la que los telediarios aún medían ...