Nota de archivo histórico (2015–2026): Este artículo fue escrito en septiembre de 2015, en el momento exacto en que la fotografía del pequeño Aylan Kurdi conmocionó al mundo entero en las costas de Bodrum. Lo recuperamos hoy en 2026 porque, aunque las corrientes informativas cambian y el tiempo pasa de largo, las causas de estas tragedias en el Mar Mediterráneo siguen clamando la misma vergüenza colectiva.
Aylan Kurdi ya forma parte de nuestro álbum de retina: una infancia truncada por una guerra, por una migración infame, por una mafia que se está enriqueciendo con el sufrimiento ajeno. Aylan, de tres años, no está en bañador, ni con su cubo y su pala, ni dando saltos, ni con la carita churripitosa por haberse comido un refrescante helado. No; el pequeño yace varado en la arena, como un resto de naufragio, como un despojo que el mar arroja a las playas en un día de resaca. Aylan seguramente no entendió por qué tuvo que dejar su casa, ni entendió por qué viajaba hacinado en una embarcación, ni siquiera entendió cuándo a su padre se le escapó de las manos. Simplemente era un niño que tenía derecho a una vida.
Lo normal a los tres años es que disfrutes de la playa y de la arena, que corras con tus primos y amigos, que no hagas caso a tu madre cuando te llama y te dice que no te acerques a esa ola tan grande porque puede ser peligroso. Lo normal a los tres años es que rías y que llores, que duermas y que juegues, que los problemas de los «mayores» no te afecten, que el mundo no se fije en ti y que pases desapercibido y feliz con tu familia.
Ahora Aylan está boca abajo y de lado, como dormido, escuchando el sonido del mar y el latido de la tierra. Nosotros, en nuestras casas, nos horrorizamos, condenamos y escribimos sobre el tema, pero Aylan ya no lo verá. No será futbolista, ni médico, ni albañil, ni cantante; no verá más las estrellas ni el sol, no podrá elegir religión ni credo, no probará el sabor de la fruta madura ni de las golosinas, ni verá una película en el cine; no le traerán regalos ni por Navidad, ni por su cumpleaños, ni simplemente porque se los merece. No sabemos qué metas hubiese podido alcanzar; lo que sí sabemos es aquellas a donde no llegó, donde se quedó: varado en una playa extraña, lejos de su hogar.
Su fotografía, con la carita respetuosamente pixelada o grabada a fuego en nuestra memoria, forma parte de la historia, del horror, de la infamia: un niño varado en una playa, en pantalones cortos, con su camiseta roja. Nos recuerda a aquel buitre que esperaba paciente la muerte de un niño en África o a la niña vietnamita que corría desnuda víctima del napalm. ¿Cuántos niños sin nombre han muerto en las guerras? ¿Cuántos padres lloran la pérdida de sus hijos porque se les escaparon de las manos?
Si necesitábamos una imagen para definir la cruda realidad de los refugiados de la guerra civil siria, es esta: un golpe, un tsunami de horror, algo que nos ha salpicado a todos como el ácido. No creo que a nadie que tenga un mínimo de corazón le haya pasado por alto esta historia.
En la playa los niños juegan, hacen castillos de arena y se echan a dormir sobre una tumbona. Aylan lo ha hecho sobre su tumba.
Nadie deja su hogar a menos que su hogar sea la boca de un tiburón. [...] Nadie elige el arrastre de las vías del tren, los camiones de ganado, la tórrida insolación, las pistolas, la muerte [...] Nadie se sube a una patera a menos que el agua sea más segura que la tierra».— Warsan Shire, en Home


.jpg)

