viernes, 4 de septiembre de 2015

El niño de la playa…Castillos de arena y tumbas de agua: la infamia que nos retrata a todos /Jota.E/


Nota de archivo histórico (2015–2026): Este artículo fue escrito en septiembre de 2015, en el momento exacto en que la fotografía del pequeño Aylan Kurdi conmocionó al mundo entero en las costas de Bodrum. Lo recuperamos hoy en 2026 porque, aunque las corrientes informativas cambian y el tiempo pasa de largo, las causas de estas tragedias en el Mar Mediterráneo siguen clamando la misma vergüenza colectiva.

Aylan Kurdi ya forma parte de nuestro álbum de retina: una infancia truncada por una guerra, por una migración infame, por una mafia que se está enriqueciendo con el sufrimiento ajeno. Aylan, de tres años, no está en bañador, ni con su cubo y su pala, ni dando saltos, ni con la carita churripitosa por haberse comido un refrescante helado. No; el pequeño yace varado en la arena, como un resto de naufragio, como un despojo que el mar arroja a las playas en un día de resaca. Aylan seguramente no entendió por qué tuvo que dejar su casa, ni entendió por qué viajaba hacinado en una embarcación, ni siquiera entendió cuándo a su padre se le escapó de las manos. Simplemente era un niño que tenía derecho a una vida.
Lo normal a los tres años es que disfrutes de la playa y de la arena, que corras con tus primos y amigos, que no hagas caso a tu madre cuando te llama y te dice que no te acerques a esa ola tan grande porque puede ser peligroso. Lo normal a los tres años es que rías y que llores, que duermas y que juegues, que los problemas de los «mayores» no te afecten, que el mundo no se fije en ti y que pases desapercibido y feliz con tu familia.
Ahora Aylan está boca abajo y de lado, como dormido, escuchando el sonido del mar y el latido de la tierra. Nosotros, en nuestras casas, nos horrorizamos, condenamos y escribimos sobre el tema, pero Aylan ya no lo verá. No será futbolista, ni médico, ni albañil, ni cantante; no verá más las estrellas ni el sol, no podrá elegir religión ni credo, no probará el sabor de la fruta madura ni de las golosinas, ni verá una película en el cine; no le traerán regalos ni por Navidad, ni por su cumpleaños, ni simplemente porque se los merece. No sabemos qué metas hubiese podido alcanzar; lo que sí sabemos es aquellas a donde no llegó, donde se quedó: varado en una playa extraña, lejos de su hogar.
Su fotografía, con la carita respetuosamente pixelada o grabada a fuego en nuestra memoria, forma parte de la historia, del horror, de la infamia: un niño varado en una playa, en pantalones cortos, con su camiseta roja. Nos recuerda a aquel buitre que esperaba paciente la muerte de un niño en África o a la niña vietnamita que corría desnuda víctima del napalm. ¿Cuántos niños sin nombre han muerto en las guerras? ¿Cuántos padres lloran la pérdida de sus hijos porque se les escaparon de las manos?
Si necesitábamos una imagen para definir la cruda realidad de los refugiados de la guerra civil siria, es esta: un golpe, un tsunami de horror, algo que nos ha salpicado a todos como el ácido. No creo que a nadie que tenga un mínimo de corazón le haya pasado por alto esta historia.
En la playa los niños juegan, hacen castillos de arena y se echan a dormir sobre una tumbona. Aylan lo ha hecho sobre su tumba.
Nadie deja su hogar a menos que su hogar sea la boca de un tiburón. [...] Nadie elige el arrastre de las vías del tren, los camiones de ganado, la tórrida insolación, las pistolas, la muerte [...] Nadie se sube a una patera a menos que el agua sea más segura que la tierra».
Warsan Shire, en Home

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Corre, Corre Rompesuelas!!!!! /Jota.E/

Este artículo fue escrito originalmente en 2012, en una época en la que el debate sobre el Torneo del Toro de la Vega en Tordesillas desataba una enorme tensión social y política. Lo rescatamos hoy en 2026 porque, aunque las formas cambian, el poso de crueldad y la coartada 'etnológica' de algunos siguen intentando justificar lo injustificable.


Rompesuelas es un morlaco impresionante de 640 kilos, desde que nació a estado cuidado por el mayoral, a trotado por la dehesa, ha comido, y a sido muy feliz… pero este año no le va a salvar ni su belleza, ni su tamaño, ni su color, ni su planta, ni nada, como decimos en mi pueblo “no le ampara ni la Caridad”…ese año a tenido la “fortuna” de ser elegido Toro de la Vega, y  como tal el próximo 15 de septiembre, será alanceado en Tordesillas (Valladolid) hasta su muerte…

Esta polémica “fiesta” taurina, muy popular entre sus asistentes, nos dicen que es de origen medieval, igual que la inquisición, la quema de “brujas”, el cinturón de Castidad, los toros enmaromados, el Sokamuturra, y tantos otros “festejos” de este periodo…
El “festejo”, consiste en soltar al inocente animal por las calles del pueblo “Tordesillas”, para que posteriormente, los “aficionados”(léase,bárbaros,salvajes,brutales,sanguinarios, etc.) conduzcan al animal a campo abierto…
Allí será perseguido por lanceros a pie o a caballo y si por un milagro, lograse rebasar los límites del torneo (cosa que ya se encargan los aficionados estos,que no ocurra) en ese caso los lanceros no pueden abatirlo, y sería indultado…

He estado indagando y que se sepa, solamente dos toros han logrado ser indultados, “Bonito”, en 1993 y “Presumido” en 1995… aunque de poco les sirvió, a los pobres, el primero murió después como consecuencia de las heridas, que había sufrido y al segundo lo mató un Guardia Civil, cuando intentaba conducirlo de vuelta a los corrales, cosa que el toro seguramente no estaría dispuesto.

El Torneo del Toro de la Vega, que habitualmente reúne a unas 50.000 personas en Tordesillas, fue declarado fiesta de interés turístico en España en 1980 y espectáculo taurino tradicional en 1999, aunque en estos últimos años ha suscitado, numerosas  críticas nacionales e internacionales de organismos que subrayan la crueldad, humillación, tortura, e indefensión, del animal.

Entre los más críticos, está el partido animalista PACMA, que todos los años organiza manifestaciones, y diversas expresiones, donde miles de personas, exigen la prohibición del torneo y critican al edil de Tordesillas ( PSOE) y a la Junta de Castilla y León ( PP). En opinión de los manifestantes, los dos partidos han hecho todo lo posible por “persistir” en esta “tradición”…

Y así año tras año, nos encontramos con un “festejo”, donde el divertimento de unos, supone el dolor, miedo, angustia, humillación, hasta la muerte, de un ser vivo inocente, y en mi reflexión, pienso que quienes intentan por todos los medios defender esta terrible “manifestación de horror, sudor y sangre” lo hacen simplemente por un sentimiento primitivo aún arraigado en nuestro cerebro, un sentimiento de euforia ante la visión de la sangre, ante el olor del miedo, ante el poder de tener una lanza en la mano con la que masacrar a un ser inocente…

Y lo que te lleva a pensar que la mitad del mundo, no es normal, son la centena de profesores, y catedráticos universitarios, que exaltan el valor social, histórico y etnológico de esta justa… “defendiendo”  el derecho a la existencia de este festejo, tanto en su variante de tauromaquia popular como en su vertiente más comercial, siempre que se preserve “la integridad y las características consustanciales al auténtico toro de lidia, que es el verdadero fundamento de esta fiesta”…

Otros de quienes apoyan este tornero, son los propios “participantes”, por que dicen que sin el no habría festejos, y se apoyan en la tradición de la fiesta “ancestral”…Asegurando, además, que el Toro de la Vega supone un combate a cuerpo limpio en igualdad de condiciones, porque los lanceros, dicen sólo se defienden con una lanza y el toro tiene “ sus defensas naturales”… que manda narices, les metía yo a todos estos con el toro, y una lanza, una sola, a ver como se las apañaban… los hijos de su gran madre…

A si, que encima te hacen de pensar, que si protestas, estás haciendo perder el “ Valor Etnológico” de este “festejo”… viva la etnia que destroza la belleza de la naturaleza, que acabamos con un animal bello en una fiesta sangrienta y mortal. Y con el mismo valor    “etnológico”  podremos organizar carreras de delfines sobre el asfalto, por que aunque los animalitos surcan los mares, donde va a parar en verlos dejarse la piel, en divertirnos con su patoso proceder fuera del agua… y si amputamos el ala a un águila , nos deleitaremos con intentar remontar el vuelo, y seguidamente verle estrellarse contra el suelo, intentamos defender aquello en que en la edad adulta nos deja sentirnos como un niño travieso o un adolescente gamberro… y no somos capaces de deshacernos de esa parte “medieval que aún conservamos, aun llevando un teléfono de bolsillo, claramente mucho más inteligente que nosotros mismos.
Cada 15 de septiembre, me rechinan las neuronas, cuando sesudos antropólogos, y demás cantamañanas, que han estudiado algo terminado en “ologo”, intentan justificar esta barbarie, y celebran congresos “para exaltar el valor social, histórico y etnológico de esta justa” (tan in-justa)…unirse para extasiarse,  deleitarse en el sufrimiento de un ser vivo, no lo hace más honorable, por muy distinguidos y sabios que sean los ponentes…


«La matanza de los animales, realizada con la indiferencia de un teatrito municipal o la solemnidad de un suplicio, me ha hecho huir de tantas arenas; no he podido aprobar nunca que se abrevie la vida de una criatura para añadir un rato de vanidad o de brutalidad a la frágil existencia humana».
Marguerite Yourcenar, en Memoria de Adriano

lunes, 6 de julio de 2015

Frente a la prima de riesgo y los jeques: el regreso a la sensatez del agua fresca de un botijo /Jota.E/

  • Archivo del Blog (2015–2026):  Retomamos este texto escrito durante la crisis del euro en 2015. Lo reeditamos hoy en 2026 porque la metáfora del botijo y nuestra sumisión al poder sigue siendo una bofetada de realidad necesaria.

  • Hace casi tres años que tengo abandonado este blog. A decir verdad, no debí dejarlo nunca, porque me gusta escribir y porque creo que sé expresarme en este medio... pero la vida y las circunstancias me hicieron creer lo contrario.
    Hoy, 6 de julio de 2015, tras despertar con un calor infernal y con las noticias de Europa sobre el Oxi de Grecia, el anuncio de la dimisión del ministro de finanzas Yanis Varoufakis, la subida de la prima de riesgo, la bajada de las bolsas y la fuga en masa de capital extranjero y nacional... tras todo esto, solo me he acordado del humilde botijo. 
    Yo nací hace medio siglo en un pueblo de la Mancha de cuyo nombre no quiero olvidarme. Nací en una humilde familia de trabajadores y no he tenido en la vida grandes lujos ni grandes ambiciones, nada más que mi gente estuviese sana y pudiese salir adelante. Ahora eso lo veo cada vez peor. Siempre he presumido de ser una persona humilde, trabajadora, que se conforma con poco, solidaria... Hoy quisiera ser millonaria, rica, poderosa; quisiera ser una diosa que curase todos los males de la tierra. Pero soy, nada más, como un botijo. Hecho de barro, que guarda el agua fresca en verano, que no necesita enchufarse a ninguna corriente eléctrica ni requiere ser llevado a una planta de reciclaje cuando se rompe.
    Somos barro. Somos el botijo. La vida nos da constantemente la oportunidad para que aprendamos a ser humildes, pero nosotros, los humanos, queremos más: queremos el universo, la buena vida, queremos que nos den mucho sin corresponder. Nos han enseñado un mundo detrás del espejo, como el de Alicia, pero no es real. Nosotros, los humanos de aquí abajo, no tenemos derecho a relacionarnos con los grandes políticos, con los jugadores de fútbol, con los jeques o con los artistas. Somos tan absurdos que los ponemos donde están: compramos sus canciones, vamos a sus partidos, llevamos las marcas que nos imponen, gastamos su tecnología, pagamos sus sueldos y, además, soportamos sus corrupciones. Alabamos sus decisiones y tomamos partido por unos o por otros, cuando en el fondo todos son lo mismo y su única meta es el PODER.
    Hoy precisamente, con la ola de calor que estamos aguantando, me acuerdo de mi infancia, de mis abuelos trabajadores del campo, de mis padres, de los chapuzones en el barreño en el patio de mi casa, de las meriendas de pan con tomate y del agua fresca del botijo. Algo dentro de mí quiere volver a aquella vida. Tal vez entonces podamos tomar decisiones más acertadas y no tropezar tantas veces con la misma piedra.
    Si alguien sigue aquí, gracias por esperarme.

    «El cántaro tiene una virtud que no tiene el vaso de cristal: que el agua que contiene se parece a la tierra».
    Miguel de Unamuno, escritor y filósofo español.

    sábado, 1 de diciembre de 2012

    No me toquéis los…Twinkies… / Jota.E/


    Nota histórica de 2026: Este artículo fue escrito originalmente en 2018, en plena resaca de la crisis y el cierre de la mítica fábrica de Hostess. Lo recuperamos hoy porque el fenómeno de fetichizar la comida basura y convertir cualquier absurdo en viral no ha hecho más que empeorar.
    Cuéntale lo del Bizcochito, ¿Qué pasa con el Bizcochito¿
    Últimamente paso un poco de los informativos; lo cierto es que entre la crisis, la independencia, los políticos imputados, los desahucios y el tiempo, la cosa no está como para tirar cohetes. Pero hoy me ha llamado la atención una noticia de esas de «relleno» con las que nos entretienen los domingos o los días de puente, cuando nunca pasa nada relevante más que el tráfico, la playa o la nieve. La televisión en esos días muertos es un espectáculo curioso.
    La cuestión es que decían en la noticia que en internet se están vendiendo los famosos Twinkies como objetos de coleccionista. Muchos os preguntaréis: «¿Qué es un Twinkie?». Pues no es un jarrón Ming, ni un cuadro de Picasso, ni siquiera una joya de Carmen Lomana; es un simple bizcochito. Sí, como leéis. Un pastelito que en España, gracias a Bimbo pudimos conocer como «bucanero» o «Boni».
    Los Twinkies están elaborados con una masa esponjosa rellena de crema, miden aproximadamente 12 por 3,75 centímetros y se distribuyen en paquetes de tres. En los Estados Unidos, este pastelito es entendido como el paradigma de la comida basura: cada uno contiene unas 145 calorías. Se ha convertido en todo un referente para millones de personas, no solo allí sino en el resto del mundo, ya que nos da por copiar todo lo que viene de Norteamérica. El despido de más de 500 trabajadores llevó al resto a la huelga, lo que provocó que la empresa —existente desde 1930— pusiese en venta todos sus activos y dejase de operar temporalmente. Ante la idea de que no se fabricarían más, muchos estadounidenses se lanzaron a vaciar las estanterías en busca de las últimas existencias.
    Dicen las leyendas urbanas que un Twinkie es indestructible y sigue comestible después de cien años; si entierras uno hoy, dentro de un siglo el arqueólogo que lo encuentre se lo podrá comer para merendar. El pastelillo en cuestión fue inventado y horneado el 6 de abril de 1930 por el panadero James Dewar, quien intentaba crear un dulce de galletas con salsa de fresas. Al principio se usaba relleno de plátano, pero fue reemplazado por crema de vainilla debido a las restricciones de ingredientes durante la Segunda Guerra Mundial. Algunas personas, como Christopher Sell, reinventaron su versión llevándola al extremo con el fried Twinkie (el pastelito frito). Claro que a nosotros, los de Toledo, no se nos puede comparar este bizcocho industrial con el delicioso «enchufe» que en otros sitios llaman «pepito de crema». ¡Mmmm! No hay color, no señor.
    Sea como fuere, su consumo se ha extendido por el globo. En España, como ya sabemos, fueron los llamados Bucaneros (con su versión de chocolate y crema de avellana). En México se denominan Tuinky y compiten con los Submarinos (que se parecen más a un torpedo que a un submarino). En Chile se les conoce como Rayita y su mascota es una cebra (claro, de ahí lo de rayita, que ya estabais pensando en otra cosa). En Venezuela también se llaman Twinkies, a pesar de que su difunto presidente de entonces decía que todo lo de EE. UU. era del demonio (por su aspecto, diría que los comía habitualmente).
    En el cine y la televisión los hemos visto frecuentemente. Hacen referencia a ellos en Los Simpson, y creo haber visto a Dean Winchester (interpretado por Jensen Ackles) en la serie Supernatural engullendo unos cuantos, o a Carl Winslow (al que daba vida Reginald VelJohnson) de Cosas de Casa llevándose para llenar la despensa ,como premonición de lo que pasaría después. Los que tengáis buena memoria recordaréis que en la película Zombieland, el protagonista interpretado por Woody Harrelson se pasa medio filme matando zombis mientras busca desesperadamente el último Twinkie sobre la faz de la tierra. Mi escena favorita, no obstante, está en Cazafantasmas, con la mítica frase: «Cuéntale lo del bizcochito».
    Me imagino a las cajeras de los supermercados horas después de que el fabricante echase el cierre, con la gente atestando las tiendas para llenar carros enteros con paquetes del esponjoso pastelito, exactamente igual que si estuviese llegando el Apocalipsis. Parte de aquellos espabilados se metió en portales de subastas como eBay para especular con su acopio entre coleccionistas, caprichosos y demás aburridos de la red. Y es que hay quien compra arte en Christie's para legarlo a sus descendientes... pero ¿Qué mejor herencia que un pequeño y reseco Twinkie? Como bien dijo el torero: «Hay gente pa' tó».

    miércoles, 31 de octubre de 2012

    El error histórico que cometes cada vez que dices que Halloween es una 'americanada / Jota.E/


    Archivo del Blog: Publicado originalmente en 2018. Lo rescatamos y reeditamos en 2026 porque, un año más, la desinformación de los telediarios y el consumismo desmedido nos obligan a recordar de dónde vienen realmente nuestras tradiciones.

    Todas las tardes de esta semana, sin faltar una sola, ha sonado el timbre de la puerta. Al abrir, un grupo de niños me ha soltado aquello de: «¡¿Truco o trato?!». Les digo amablemente que aún no es la noche de Halloween y me responden: «¡Sí, ha empezado ya!». Hablan como si la fiesta fuese uno de esos macropuentes acueductos que empiezan un martes y terminan el lunes siguiente, o la semana blanca, o la famosa fiesta del «Piojo».
    Y oye, que yo soy la primera que celebra esta festividad desde hace años: pongo velas, coloco calabazas y doy a los chiquillos caramelos y dulces. Pero de ahí a que empiecen una semana antes... como que no. Por ahí no paso.
    Cuando yo era pequeña, la noche de ánimas o de difuntos era una jornada tétrica. Mi madre ponía un montón de lamparillas en una jofaina de aceite y dos velas grandes frente al retrato de mi tío. No había calabazas, ni dulces, ni disfraces, ni nada. Por eso la corriente general dice que esta fiesta la hemos importado de los EE. UU., pero no es cierto.
    Los antiguos pueblos celtas, al llegar el final de octubre, solían celebrar una gran fiesta para conmemorar el final de la cosecha. La festividad era conocida como Samhain, una palabra gaélica que significa «el final del verano» (como la canción del Dúo Dinámico). Este momento representaba la época del año en la que los celtas almacenaban provisiones para el invierno y sacrificaban animales. Era el tiempo del fin de las cosechas; a partir de entonces, los días iban a ser más cortos y las noches más largas (curioso que ahora nos cambien la hora para hacer exactamente lo mismo que hacían ellos).
    Los celtas creían que en la noche de Samhain los espíritus de los muertos volvían a visitar el mundo de los mortales. Encendían grandes hogueras para ahuyentar a los malos espíritus, comían y bebían: era su gran fiesta de bienvenida al Año Nuevo. Los druidas se vestían esa noche con cuernos y cabezas de animales, disfrazados de espíritus y brujas. Recogían ofrendas de todos los habitantes de la comarca.
    Algunos historiadores no se ponen de acuerdo en este punto: cuentan que si los sacerdotes no quedaban conformes con los obsequios recibidos, les espetaban la famosa frase «Trick or Treat» y le quemaban la casa a la familia en cuestión, se llevaban a la hija virgen, mataban su ganado o los maldecían con enfermedades. Personalmente, creo que toda esta parte es una invención posterior de la Iglesia católica. Aunque sí tengo que admitir que los ritos serían crueles y sangrientos; que no satánicos, porque no olvidemos que el infierno y Satanás solo existen en algunas religiones.
    Estos sacerdotes llevaban consigo un nabo hueco con una cara grabada en la parte frontal que representaba a un espíritu o a un dios. El nabo se iluminaba con una vela en su interior y se usaba como linterna. Cuando esta práctica llegó a América, los nabos no abundaban, pero sí tenían un vegetal nativo que pronto lo sustituyó: la calabaza (menos mal, porque hacer pastel de nabo ya sería la leche).
    Estos rituales también incluían, al parecer, algún que otro sacrificio humano. En esta mágica noche se abría la puerta del más allá, y los vivos y los muertos tenían la oportunidad de comunicarse.
    Tras la romanización de los pueblos celtas —con alguna excepción como el caso de Irlanda—, y a pesar de que la religión de los druidas llegó a desaparecer, el primitivo Samhain logró sobrevivir conservando gran parte de su espíritu y de sus ritos. Así pues, la tradición fue recogida y se extendió por los pueblos de la Europa medieval, en especial los de origen céltico. Ellos tradicionalmente ahuecaban nabos e introducían carbón ardiente para iluminar el camino de regreso al mundo de los vivos a sus familiares más queridos, dándoles la bienvenida a la vez que se protegían de los malos espíritus. El ejemplo claro de esta tradición lo tenemos en el folclore de Galicia con la Santa Compaña.
    Con el auge del catolicismo, la fiesta pagana se cristianizó después como el Día de Todos los Santos (All Hallows' Eve), de ahí su expresión actual: Halloween.
    A mediados del siglo XVIII, los emigrantes irlandeses empezaron a llegar a Norteamérica. Con ellos viajaron su cultura, su folclore, sus tradiciones y también su noche de Samhain. Eso sí, con algunos cambios: estos europeos comenzaron a utilizar calabazas, mucho más grandes y fáciles de ahuecar que los consabidos nabos. En un primer momento, la fiesta sufrió una fuerte represión por parte de las autoridades de Nueva Inglaterra, de arraigada tradición luterana. Pero a finales del siglo XIX, los Estados Unidos recibieron una nueva oleada de inmigrantes de origen céltico. La fiesta irlandesa entonces se mezcló con otras creencias locales y, en la secuela colonial, se comenzaron a contar historias de fantasmas, a realizar travesuras, bromas o bailes tradicionales. La gente empezó a confeccionar disfraces para la ocasión.
    En resumen, esta fiesta se desvela como una noche bañada por un aura mágica, misteriosa y aterradora. Personajes terroríficos y hechizados, brujas, fantasmas, duendes y gatos negros salen de sus cuentos y leyendas para mezclarse entre los mortales. Nosotros nos preparamos con disfraces, bromas, pelucas, pinturas y películas de terror para recibirlos, aunque sin perder el ambiente de fiesta y buen humor.
    Hoy en día, Halloween carece ya de sentido religioso alguno y, como tantas otras fechas (Navidad, Semana Santa, San Valentín, etc.), forma parte de nuestra sociedad y cultura consumista. Es una fiesta ancestral reconvertida para la sociedad actual del ocio; nada tiene que ver ya con los rituales de los druidas ni con los pueblos celtas que dominaron la mayor parte del oeste y centro de Europa durante el primer milenio a.C.
    Precisamente por ello no deberíamos olvidar su verdadero origen. Sobre todo por los que piensan que es una moda importada de los Estados Unidos (algo que he escuchado veinte veces hoy en los informativos, dicho supuestamente por periodistas de carrera). Hay que aclarar que se equivocan: precisamente fueron ellos los que mantuvieron viva esta vieja tradición europea que todavía en países como Irlanda se sigue celebrando cada año como la noche de Samhain, y que poco a poco vuelve a sus orígenes con más fuerza (bueno, sin sacrificios humanos y esas cosas).
    Hoy, Halloween es una fiesta internacional de la que no podemos ignorar su origen... ni mandar a los niños a la calle una semana antes porque «empieza ya la fiesta». Así que mañana me espera una larga tarde soportando los ladridos de Theodora y Zeus cada vez que suene el timbre de la puerta y me espeten aquello de: «¡¿Truco o trato?!».
    ¡Feliz Samhain!

    «En Samhain, el círculo del año llega a su radio final en la rueda. La cosecha ha terminado, el dios moribundo ha sido sepultado y la gente se prepara para que el velo entre los mundos se desvanezca; los ancestros vendrán de visita...»
    Tess Whitehurst, autora y conferenciante sobre tradiciones naturales.

    ¿Presunto monstruo o vecino ejemplar? La peligrosa hipocresía frente al asesinato machista /Jota.E/

      Nota de archivo histórico (2015–2026): Este artículo fue escrito en el verano de 2015, en una época en la que los telediarios aún medían ...