Archivo del Blog: Publicado originalmente en 2018. Lo rescatamos y reeditamos en 2026 porque, un año más, la desinformación de los telediarios y el consumismo desmedido nos obligan a recordar de dónde vienen realmente nuestras tradiciones.
Y oye, que yo soy la primera que celebra esta festividad desde hace años: pongo velas, coloco calabazas y doy a los chiquillos caramelos y dulces. Pero de ahí a que empiecen una semana antes... como que no. Por ahí no paso.
Cuando yo era pequeña, la noche de ánimas o de difuntos era una jornada tétrica. Mi madre ponía un montón de lamparillas en una jofaina de aceite y dos velas grandes frente al retrato de mi tío. No había calabazas, ni dulces, ni disfraces, ni nada. Por eso la corriente general dice que esta fiesta la hemos importado de los EE. UU., pero no es cierto.
Los antiguos pueblos celtas, al llegar el final de octubre, solían celebrar una gran fiesta para conmemorar el final de la cosecha. La festividad era conocida como Samhain, una palabra gaélica que significa «el final del verano» (como la canción del Dúo Dinámico). Este momento representaba la época del año en la que los celtas almacenaban provisiones para el invierno y sacrificaban animales. Era el tiempo del fin de las cosechas; a partir de entonces, los días iban a ser más cortos y las noches más largas (curioso que ahora nos cambien la hora para hacer exactamente lo mismo que hacían ellos).
Los celtas creían que en la noche de Samhain los espíritus de los muertos volvían a visitar el mundo de los mortales. Encendían grandes hogueras para ahuyentar a los malos espíritus, comían y bebían: era su gran fiesta de bienvenida al Año Nuevo. Los druidas se vestían esa noche con cuernos y cabezas de animales, disfrazados de espíritus y brujas. Recogían ofrendas de todos los habitantes de la comarca.
Algunos historiadores no se ponen de acuerdo en este punto: cuentan que si los sacerdotes no quedaban conformes con los obsequios recibidos, les espetaban la famosa frase «Trick or Treat» y le quemaban la casa a la familia en cuestión, se llevaban a la hija virgen, mataban su ganado o los maldecían con enfermedades. Personalmente, creo que toda esta parte es una invención posterior de la Iglesia católica. Aunque sí tengo que admitir que los ritos serían crueles y sangrientos; que no satánicos, porque no olvidemos que el infierno y Satanás solo existen en algunas religiones.
Estos sacerdotes llevaban consigo un nabo hueco con una cara grabada en la parte frontal que representaba a un espíritu o a un dios. El nabo se iluminaba con una vela en su interior y se usaba como linterna. Cuando esta práctica llegó a América, los nabos no abundaban, pero sí tenían un vegetal nativo que pronto lo sustituyó: la calabaza (menos mal, porque hacer pastel de nabo ya sería la leche).
Estos rituales también incluían, al parecer, algún que otro sacrificio humano. En esta mágica noche se abría la puerta del más allá, y los vivos y los muertos tenían la oportunidad de comunicarse.
Tras la romanización de los pueblos celtas —con alguna excepción como el caso de Irlanda—, y a pesar de que la religión de los druidas llegó a desaparecer, el primitivo Samhain logró sobrevivir conservando gran parte de su espíritu y de sus ritos. Así pues, la tradición fue recogida y se extendió por los pueblos de la Europa medieval, en especial los de origen céltico. Ellos tradicionalmente ahuecaban nabos e introducían carbón ardiente para iluminar el camino de regreso al mundo de los vivos a sus familiares más queridos, dándoles la bienvenida a la vez que se protegían de los malos espíritus. El ejemplo claro de esta tradición lo tenemos en el folclore de Galicia con la Santa Compaña.
Con el auge del catolicismo, la fiesta pagana se cristianizó después como el Día de Todos los Santos (All Hallows' Eve), de ahí su expresión actual: Halloween.
A mediados del siglo XVIII, los emigrantes irlandeses empezaron a llegar a Norteamérica. Con ellos viajaron su cultura, su folclore, sus tradiciones y también su noche de Samhain. Eso sí, con algunos cambios: estos europeos comenzaron a utilizar calabazas, mucho más grandes y fáciles de ahuecar que los consabidos nabos. En un primer momento, la fiesta sufrió una fuerte represión por parte de las autoridades de Nueva Inglaterra, de arraigada tradición luterana. Pero a finales del siglo XIX, los Estados Unidos recibieron una nueva oleada de inmigrantes de origen céltico. La fiesta irlandesa entonces se mezcló con otras creencias locales y, en la secuela colonial, se comenzaron a contar historias de fantasmas, a realizar travesuras, bromas o bailes tradicionales. La gente empezó a confeccionar disfraces para la ocasión.
En resumen, esta fiesta se desvela como una noche bañada por un aura mágica, misteriosa y aterradora. Personajes terroríficos y hechizados, brujas, fantasmas, duendes y gatos negros salen de sus cuentos y leyendas para mezclarse entre los mortales. Nosotros nos preparamos con disfraces, bromas, pelucas, pinturas y películas de terror para recibirlos, aunque sin perder el ambiente de fiesta y buen humor.
Hoy en día, Halloween carece ya de sentido religioso alguno y, como tantas otras fechas (Navidad, Semana Santa, San Valentín, etc.), forma parte de nuestra sociedad y cultura consumista. Es una fiesta ancestral reconvertida para la sociedad actual del ocio; nada tiene que ver ya con los rituales de los druidas ni con los pueblos celtas que dominaron la mayor parte del oeste y centro de Europa durante el primer milenio a.C.
Precisamente por ello no deberíamos olvidar su verdadero origen. Sobre todo por los que piensan que es una moda importada de los Estados Unidos (algo que he escuchado veinte veces hoy en los informativos, dicho supuestamente por periodistas de carrera). Hay que aclarar que se equivocan: precisamente fueron ellos los que mantuvieron viva esta vieja tradición europea que todavía en países como Irlanda se sigue celebrando cada año como la noche de Samhain, y que poco a poco vuelve a sus orígenes con más fuerza (bueno, sin sacrificios humanos y esas cosas).
Hoy, Halloween es una fiesta internacional de la que no podemos ignorar su origen... ni mandar a los niños a la calle una semana antes porque «empieza ya la fiesta». Así que mañana me espera una larga tarde soportando los ladridos de Theodora y Zeus cada vez que suene el timbre de la puerta y me espeten aquello de: «¡¿Truco o trato?!».
¡Feliz Samhain!
«En Samhain, el círculo del año llega a su radio final en la rueda. La cosecha ha terminado, el dios moribundo ha sido sepultado y la gente se prepara para que el velo entre los mundos se desvanezca; los ancestros vendrán de visita...»
— Tess Whitehurst, autora y conferenciante sobre tradiciones naturales.

con lo q a ti te gusta galicia,yo sabia de esa fiesta por ellos sobre todo en el pueblo de Cedeira q no ha perdido la tradicion y sigue celebrando
ResponderEliminarSamaín es para que muchos y muchas y así se puede entender a la perfección, como nuestro Halloween, el Halloween gallego, pero que ya existía en Galicia y países de origen celta mucho antes de que la celebración del día de difuntos o de todos los santos llegara a EE.UU.
El Samaín en su origen más primitivo marcaba el tiempo del final del verano y la fiesta de la clase guerrera para dar paso al mundo de las tinieblas y la temporada más oscura del año. En la festividad más antigua del Samaín se usaban los cráneos de los enemigos vencidos en la batalla para alumbrarlos y colocarlos en los castros.
Otero Pedrayo dedicó un texto de la revista Nós a la fiesta de los muertos en Irlanda “superposta simplemente á antiga de Samaín” y se refiere a las cuatro fiestas-asambleas que marcaban el ritmo del año celta y que eran en febrero “Imbolc”, en mayo “Beltaine”, en agosto “Lugnasad” y en noviembre “Samaín”.
La tradición se fue perdiendo pero hay lugares de Galicia como Catoira, Cedeira, Muxía, Sanxenxo O Cedeira que todavía recuerdan la celebración de la fiesta que cuadra el día de Difuntos y Todos los Santos, con variantes, pero siempre con la presencia de las calaveras hechas con calabazas, melones en Cedeira, calacús en las Rías Baixas, muñecas de remolacha en Xermade (Lugo), abóboras en la región lusa de Tras-Os-Montes o “parramantas” en Cáceres.
hola, pasaba a visitarte y desearte un buen día
ResponderEliminarpor aqui también los niños estuvieron llamando a las puertas cuatro días ^-^
Gracias Jota, quizás cuando aprendamos a verla como algo real que hay al final del camino, y como una etapa mas, en lugar de un fin no tengamos necesidad de celebrar otras tradiciones, y podamos elaborar nuestros propios ritos, para honrarla y bendecirla.
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