domingo, 14 de noviembre de 2010

El Mérito y la Fortuna M.A. Príncipe -1906



Caminando a solo y a luna
con extraña intrepidez
se encontraron una vez
el Mérito y la Fortuna.
Ambos entonces a una
dijeron: —¿Quién esto vio?
¿Quién así nos reunió
en dulce fraternidad?
Lo oyó la Casualidad
y exclamó sonriendo: —¡Yo!
M.A. Príncipe
Publicado en La Revista Socialista (Madrid, 16 de marzo de 1906).

El Pilluelo Eugenio M. Arias - 1906



¡Nació pobre! Que comer no tenía el pobre niño;
falto de pan y cariño, empezó el mundo a correr.
Creció; la necesidad le hizo buscar el sustento;
pidió, y vio con sentimiento que no hallaba caridad.
Juntóse con granujillas, cual él sucios, andrajosos,
que vendían, afanosos, periódicos y colillas.
Su lecho era el duro quicio de un portal; y si llovía,
con el cielo se cubría (¡cobertor no muy propio!).
No pocas veces tenía el hambre por alimento;
otras, ahíto y contento, sobras del cuartel comía.
Llegó un día en que le dio vergüenza hacer todo esto,
y con esperanza presto buscó trabajo... ¡y no halló!
Hambriento y desesperado volvió los ojos al vicio
y cayó en el precipicio a que estaba destinado.
La sociedad, ofendida, al pilluelo castigó
porque el sustento robó para conservar la vida.
Eugenio M. Arias
Publicado en La Revista Socialista (Madrid, 1 de marzo de 1906).

Ciudad Futura A. M. Callobre -1906



Creada en el encanto del ensueño
contemplo tu visión, ciudad futura,
como mansión de paz y de ventura
do el humano vivir será risueño.
Libre ya el hombre y del mañana dueño,
antes causa perenne de amargura,
en ambiente ideal su alma satura
y es Amor y Equidad su solo empeño.
¡Oh ideal sociedad en que pensamos
cuantos en este régimen sufrimos
de la desigualdad rudos efectos!
Nuestra fe en tu recuerdo renovamos,
y, odiando los actuales, perseguimos
horizontes sociales más perfectos.
A.M. Callobre
Publicado en La Revista Socialista (Madrid, 16 de febrero de 1906).

El niño descalzo Álvaro Ortiz -1906



Con profusión incesante
caían copos menudos
de nieve; y el tierno infante
iba con los pies desnudos.
Aunque astroso y pobretón,
era una preciosidad,
con mucha penetración
y con diez años de edad.
A la escuela dirigía
su marcha con paso breve,
y sus plantas imprimía
sobre la cuajada nieve.
Un mercader de calzado
le vio pasar por su vera
y le dijo: —¡Desdichado!
¿Cómo vas de esa manera?
Existe en mis almacenes
una abundante partida
de calzado, y allí tienes
zapatos a tu medida.
Hay allí calzado recio
tan bueno como el que más,
y por un exiguo precio
fuertes zapatos tendrás.
Así en tus pies no hará daño
el frío con su rigor.
Y entre apacible y huraño
repuso el niño: —¡Ay, señor!
De mi suerte lastimera
son mis pies testigos mudos.
¿Yo, pobre, qué más quisiera
que no llevarlos desnudos?
Pero está mi padre amado
sin labor y sin dinero
y para mí no hay calzado...
—¿Qué es tu padre?
—¡Zapatero!
Álvaro Ortiz
Publicado en La Revista Socialista (Madrid, 1 de enero de 1906).

domingo, 7 de noviembre de 2010

La ilusión de la libertad y el retorno de la servidumbre - Jota Esquivias 2010


Se dice a menudo que a las generaciones pasadas les costó mucho trabajo, grandes luchas y no poca sangre conquistar las libertades que nos han legado. Gracias a su esfuerzo, se pregona con demasiada frecuencia que hoy somos plenamente libres, mientras que nuestros antepasados no lo eran. Sin embargo, esta afirmación es exacta solo en parte.
Es innegable que en épocas anteriores las sociedades se hallaban mucho más oprimidas bajo el peso de regímenes autoritarios. Quienes nos precedieron se vieron obligados a ocultar y callar lo que pensaban por miedo a las persecuciones. No obstante, la idea de que en la actualidad ya somos libres es un espejismo que debemos dejar a un lado. Al contrario, estamos muy lejos de ello. Disponemos de libertad en la teoría y en las leyes escritas, pero en lo hondo de nuestras entrañas sigue fuertemente arraigada la servidumbre. Quien se resista a reconocerlo solo tiene que observar el comportamiento de las masas ante el poder.
El culto a la autoridad y la naturaleza del rebaño
Cuando una alta figura del poder institucional, religioso o político visita nuestras ciudades, se desatan despropósitos colectivos que jamás se justificarían por un ciudadano común. Si estas figuras fueran consideradas iguales ante la ley y la sociedad, se las trataría como a cualquier vecino. Pero el sistema no opera así. La masa no los mira como iguales, sino como seres superiores, pertenecientes a una estirpe especial y privilegiada, inmunes a las responsabilidades que aplican al resto de los mortales. Como ha ocurrido en todas las civilizaciones, los seres humanos insisten en buscar héroes, deidades o salvadores a los que subordinarse. 
Tenemos tan metida en la sangre la servidumbre aborregada que en nuestros actos va siempre sobrentendida una idea alarmante: el sentimiento de que nuestras vidas no tienen una finalidad en sí mismas. Vivimos, como la oveja, para la comodidad de un pastor y mientras a ese pastor le plazca.
¿Qué hay de extraño, por consiguiente, en que la multitud salte de gozo cuando el líder de turno se digna a pasear por nuestras calles, mirándonos de soslayo desde sus vehículos especiales de seguridad, mientras la muchedumbre se humilla como si fuesen simples gusanillos de la tierra?
El papel de los medios y la distracción de masas
Resulta escandaloso ver cómo echan las campanas al vuelo los medios de comunicación, incluso aquellos que se autoproclaman demócratas, críticos o progresistas. Nos explican hasta la saciedad las actividades cotidianas de estas figuras de poder (lo que comen, cómo duermen o con quién hablan) como si se tratara de eventos históricos. Solo la convicción automática, arraigada a fuerza de tradición, de que su naturaleza es superior a la del ciudadano común, puede explicar semejante galimatías mediático.
Esta devoción ciega no se limita a las esferas del poder tradicional; se traslada también a las dinámicas del entretenimiento moderno:
  • La idolatría ciega: El fanatismo desmedido por creadores de tendencias o cantantes de moda.
  • El vasallaje institucional: El escrutinio y la fascinación por la vida de las familias herederas del poder dinástico o la aristocracia.
  • El circo mediático: La obsesión colectiva por la vida privada de personajes irrelevantes creados por la propia televisión para generar distracción.
¿Somos verdaderamente libres?
Cuando alguien reflexiona sobre el significado de este comportamiento y lanza un grito de protesta verdaderamente humano, la sociedad suele juzgarlo como un elemento estrafalario o radical. Sin embargo, estas conductas colectivas son señales inequívocas de un profundo espíritu de esclavitud latente.
El sistema moderno ha perfeccionado el mecanismo: nos permite creernos y decirnos personas libres para evitar que nos rebele el peso de nuestras cadenas. Nos consuelan con el derecho al voto y al consumo, pero mantenemos intacta la estructura mental del siervo que necesita un amo al que adorar. Nos creemos libres, pero ¿de verdad lo somos?

domingo, 31 de octubre de 2010

La especulación financiera: el parásito que devora el esfuerzo social- Jota Esquivias 2010

La especulación, aunque esté legitimada por las leyes del mercado, constituye uno de los fenómenos más mórbidos de nuestra sociedad y uno de los más tolerados por los gobiernos, a pesar de ser una verdadera lacra para la organización económica mundial. Los círculos de poder, ya sean gobiernos o entidades financieras, se han dedicado a defenderla, la han juzgado necesaria y hasta se han entusiasmado con ella, al punto de conceder subvenciones y créditos a personajes de tal calaña.

El especulador juega en la vida económica el papel de un parásito: no produce nada, no aporta nada y se limita a arrebatar, con verdadera astucia, el beneficio de los auténticos trabajadores. Es un pájaro de alto vuelo que, a cambio de una miserable indemnización, despoja literalmente a los productores de sus bienes y obliga a los consumidores a comprar mucho más caro. El arma con la que ataca es de doble filo y se llama "la alta y la baja".
La trampa contra el productor y el consumidor
Si el objetivo es despojar a un productor o pagarle una miseria por su trabajo, el especulador vende un día mercancías que ni siquiera posee a un precio inferior al del mercado, prometiendo entregarlas en quince días, un mes o tres meses. El comprador, naturalmente, acude al especulador y no al productor, porque el primero vende más barato.
Ante esto, el productor se queda con su mercancía y solo tiene dos caminos:
  • Si tiene capital suficiente para resistir la presión, el especulador no podrá obtener los productos tan baratos como creía el día fijado y se verá obligado a pagar los precios justos establecidos por el productor.
  • Si necesita vender inmediatamente (que es el caso más frecuente), se ve obligado a rebajar sus precios por debajo de los del especulador para encontrar compradores. Al final, el productor termina arruinado mientras el especulador, como el Shylock de Shakespeare, se cobra con astucia su libra de carne sin haber tocado el producto.
Cuando el golpe va dirigido contra el consumidor, el negocio le sale redondo. Al especulador no lo cuesta un céntimo: no paga al contado y aplaza su deuda durante semanas o meses. Sin poseer nada propio y sin haber adelantado ningún capital, se convierte de la noche a la mañana en propietario de las mercancías. Cuando el consumidor las necesita desesperadamente, se ve obligado a pagarlas al precio de usura demandado.
El especulador coge con una mano el dinero del consumidor, se mete en el bolsillo la mayor parte posible y le da las migajas restantes al productor. Así se vuelve rico y poderoso, sin trabajar y sin aportar un solo provecho a la sociedad, ganando un crédito ilimitado que pone aún más capitales a su disposición.
La injusticia del crédito: el obrero frente al inversor
La brecha social se hace evidente al comparar las realidades del trabajo y el capital:
  • El trabajador honrado: Si un infortunado obrero quiere hacerse independiente, pasa todas las penas del mundo hasta reunir la suma que necesita para adquirir su negocio, sus herramientas o su maquinaria.
  • El especulador de la Bolsa: Por el contrario, al especulador se le abren de par en par todas las puertas del crédito. Así, de la nada y en cuestión de meses, logra alcanzar la más escandalosa de las riquezas.
Cada trabajador, sin excepción, es tributario del especulador. Todas nuestras necesidades básicas están previstas por ellos; todos los artículos de consumo son comprados antes a crédito por la especulación para ser revendidos al contado lo más caro posible. No podemos comer un pedazo de pan, repostar nuestros vehículos o realizar cualquier actividad cotidiana sin pagar una doble contribución: al Estado mediante el IVA y al especulador a través de los precios inflados. El precio final de nuestras vidas se decide en los despachos de la Bolsa.
Podemos comparar la Bolsa con un árbol venenoso que corrompe la moral del pueblo. Es, en pleno siglo XXI, una cueva de bandidos medievales que se establecen en los caminos para cortar el cuello a los transeúntes. Al igual que aquellos caballeros feudales, los especuladores forman una aristocracia financiera que se nutre opíparamente de la masa del pueblo, atribuyéndose el derecho de desollar al comerciante, al artesano, al agricultor, al minero, al obrero y al consumidor en general.
La ilusión del castigo y el negocio de las crisis
A veces nos consolamos con la falsa idea de que, en los momentos de crisis financiera, la especulación pierde en un instante todo lo que ha logrado en años de pillaje. Pero esto es una ilusión alimentada por la moral de los medios de comunicación, que intentan vender un final feliz donde el crimen recibe su castigo.
La realidad es mucho más cruda. Incluso cuando una crisis obliga al especulador a soltar su presa, nadie le quita la vida escandalosamente magnífica que ha llevado durante años a costa de la comunidad obrera. El especulador individual puede quebrar, pero los banquetes, los lujos, las fortunas derrochadas en los casinos y los excesos ya nadie se los quitará.
Además, una crisis nunca es fatal para la especulación en general, sino solo para algunos jugadores inexpertos. Al contrario, las crisis son las grandes fiestas del gran capital, las ocasiones perfectas para abatir en masa a la clase industrial y trabajadora de un país.
Es entonces cuando el gran capital abre su boca y devora no solo los ahorros de la gente común, sino también el negocio del pequeño especulador de Bolsa, a quien habitualmente deja jugar a su alrededor como el león al ratón. Las grandes caídas del mercado son provocadas y explotadas por los fondos más poderosos: compran todo lo que tiene valor a precios de saldo y, cuando la tormenta pasa, lo revenden con un provecho enorme a las mismas personas que antes se vieron obligadas a malvenderlo.
Este juego cruel se repite cíclicamente cada vez que unos años de trabajo pacífico han vuelto a llenar los bolsillos y los ahorros de los productores. Las crisis financieras no son accidentes; son los golpes reguladores mediante los cuales el gran capital acumula y absorbe el excedente de trabajo de todo un pueblo.


¿Presunto monstruo o vecino ejemplar? La peligrosa hipocresía frente al asesinato machista /Jota.E/

  Nota de archivo histórico (2015–2026): Este artículo fue escrito en el verano de 2015, en una época en la que los telediarios aún medían ...